Este fin de semana tuve la oportunidad de realizar un recorrido por uno de los espacios más bellos, históricos y fascinantes de Chicago: el Graceland Cemetery & Arboretum. Originalmente diseñado y fundado por Thomas Bryan en 1860, bajo el concepto de cementerio-jardín, carecía de los muros perimetrales de ladrillo que hoy lo delimitan. Esto debido a que en esa época, el lugar era apenas un terreno rural, sumido en el silencio de las afueras de Chicago. Hoy por hoy se encuentra entre las principales calles y áreas urbanas del norte de Chicago, entre los barrios de Lakeview y Uptown.
Años más tarde, en la década de 1870, los arquitectos paisajistas H.W.S. Cleveland y Ossian Simonds revolucionaron el concepto fúnebre al eliminar las rejas de hierro y muros de piedra que delimitaban los lotes; el objetivo principal era crear un paisaje continuo que emulara a un parque público.
Al caminar entre sus senderos boscosos y lagos serenos, resulta imposible no percibir una paradoja fascinante: en este lugar descansan las mentes que moldearon el rostro moderno de Chicago. Nombres como Daniel Burnham, Louis Sullivan y Marshall Field, cuyos edificios marcaron el horizonte después del incendio de 1871, yacen aquí, bajo la tierra, recordándonos que incluso la ambición más alta cede ante la muerte.
La conexión de Dickens con Chicago
Pero Graceland no es solo un panteón para los magnates; también alberga historias de una sobrecogedora fragilidad humana. Oculta y muy discreta se encuentra la lápida de August Newnham Dickens y su familia. Sí, estimado lector, hablamos del hermano menor del célebre novelista británico Charles Dickens.
Tras huir de Inglaterra envuelto en un escándalo personal, August Dickens vivió en Chicago lejos de la vida pública de su hermano. Su vida, marcada por la tragedia y el olvido, terminó en silencio en Illinois en 1866, dejando una huella que trasciende la simple anécdota familiar.
Durante más de seis décadas, su cuerpo reposó en un lote anónimo sin lápida alguna. En 1857, Augustus desató un auténtico escándalo social de época al abandonar a su esposa legítima, Harriet —quien trágicamente había quedado ciega—, para huir a Estados Unidos con su amante, Bertha Phillips. La pareja se estableció en Chicago, presentándose ante la sociedad local bajo el respetable nombramiento del “matrimonio Dickens”.
En aquella Chicago del siglo XIX, Augustus intentó rehacer su vida trabajando como comerciante y empleado en el ferrocarril Illinois Central Railroad. No obstante, las deudas acumuladas y la sombra constante del alcoholismo devoraron sus días. El 4 de octubre de 1866, a los 38 años de edad, sucumbió a la tuberculosis. La tragedia no concluyó ahí: apenas dos años después, Bertha falleció debido a una sobredosis de morfina.
Frente al abismo del deshonor público, Charles Dickens mantuvo una distancia tajante en lo personal, pero no en lo humano. En estricto secreto desde Inglaterra, el escritor enviaba dinero de forma periódica para sostener tanto a su cuñada desamparada en Londres como a Bertha y a los hijos huérfanos de Augustus en Chicago.
El arte de no ser olvidado
Augustus, Bertha y tres de sus pequeños descendientes fallecidos en la infancia fueron sepultados en el cementerio de Graceland. Durante más de sesenta años, aquella tumba permaneció en completo anonimato, como una cicatriz olvidada entre la hierba.
A principios del año 2000, los descendientes de Augustus se unieron a la delegación de Chicago de la Dickens Fellowship (una asociación internacional de admiradores del autor) para recaudar fondos y diseñar un monumento.
Aunque los trabajos y la recaudación formal se consolidaron entre 2003 y 2004, la ceremonia oficial de dedicación del monumento en el cementerio tuvo lugar el 25 de septiembre de 2004, aunque algunas fuentes registran que el proceso total de la estructura se terminó de asentar firmemente hacia 2005. Más que una “pequeña lápida”, se instaló un monumento conmemorativo de piedra más vistoso para asegurar que el hermano del autor (y su historia familiar en Chicago) no se perdiera en el tiempo.
En la actualidad, la tumba se mantiene como una de las visitas obligadas en los recorridos del cementerio.
La lápida de Augustus y su familia nos recuerda que, tras el resplandor de los ilustres personajes de la literatura, también existen problemas familiares, quizás nunca resueltos, pero que los hacen tan ordinarios como usted y yo.
*Licenciado en Lingüística por la Universidad de Colima. ¿Dudas o comentarios? Escríbeme.







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