Por Fernando Castillo*
Cada año, cuando las calles se comienzan a mezclar con el naranja del cempasúchil y el color de las calabazas de plástico de Halloween, se reactiva el mismo debate interminable. Se alborotan los supuestos defensores de las tradiciones nacionales, señalando que Halloween es una infiltración pagana y una amenaza comercial que corrompe la fe en México.
Lo que se suele olvidar en esta acalorada controversia es que tanto el Día de Muertos como el Halloween son fenómenos culturales emparentados por la misma matriz: el sincretismo, esa fascinante fusión de cosmovisiones y religiones que la historia teje con el paso de los siglos.
Y si usted, estimado lector, no está dispuesto a cuestionar la supuesta pureza de nuestras costumbres, quizás sea este el momento de detener la lectura.
Del Samhain celta a la reina del Mictlán
Para entender el presente en el que vivimos, conviene mirar ambas festividades en paralelo. El Halloween moderno tiene sus raíces en el Samhain, la antigua festividad celta celebrada entre el 31 de octubre y el 1 de noviembre en Irlanda, Escocia y el norte de Francia para marcar el fin de la cosecha y la llegada del invierno.
Los celtas sostenían que en esa noche la frontera entre el mundo terrenal y el espiritual se volvía porosa. Para guiar a las almas o defenderse de los entes malignos, encendían hogueras, dejaban ofrendas de comida y vestían máscaras de pieles. Con la expansión del cristianismo en Europa, la Iglesia católica no erradicó la costumbre; la asimiló fijando el 1 de noviembre como el Día de Todos los Santos (All Saints’ Day), convirtiendo la noche previa en la víspera sagrada: All Hallows’ Eve, origen del término Halloween.
De la misma manera, el Día de Muertos en México hunde sus raíces primigenias en las civilizaciones prehispánicas. Pueblos como los mexicas y mayas rendían culto a sus antepasados consagrando festividades a Mictecacíhuatl, la Señora de la Muerte y reina del Mictlán. Sus rituales se celebraban originalmente en el noveno mes del calendario solar mexica —hacia el inicio de agosto— y se extendían durante un mes completo.
Tras la conquista española, la Iglesia católica reubicó estas ceremonias indígenas dentro del calendario litúrgico para hacerlas coincidir con los días 1 y 2 de noviembre (Todos los Santos y Fieles Difuntos).
Si analizamos esto desde una canónica europea estricta, rituales como trazar caminos con flor de cempasúchil para guiar a los espíritus, encender copal o colocar alimentos en altares de muertos serían catalogados inmediatamente como prácticas paganas. Sin embargo, la potencia cultural de nuestra tradición reside justamente en que esos componentes se integraron de forma indisoluble en la identidad y en la vivencia religiosa del México contemporáneo.
La trampa de la pureza cultural
Ocurre exactamente lo mismo con el Halloween actual: aunque conserva una base de antiguas tradiciones celtas, su desarrollo histórico, su nombre y su fecha quedaron indisolublemente vinculados al cristianismo occidental.
Por ello, más que estancarnos en discusiones absurdas sobre la pureza de un rito o en condenar la fiesta ajena desde el dogma, valdría la pena examinar nuestra propia intolerancia. Nos cuesta aceptar que nuestras festividades más sagradas no son cien por ciento autóctonas o inmaculadas, sino el fruto mestizo de un largo cruce de culturas.
El verdadero valor de estas fechas reside en reconocer cómo la humanidad ha sabido transformar el temor ante la oscuridad y la muerte en una celebración de la memoria de quienes ya no están. Ni el altar de muertos ni la víspera de Todos los Santos son simples vestigios paganos; son testimonios vivos de que el recuerdo de quienes ya no están encuentra siempre la manera de seguir habitando entre los vivos.
*Licenciado en Lingüística por la Universidad de Colima. ¿Dudas o comentarios? No dudes en escríbeme.







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