Por Fernando Castillo
Cuando la cultura popular aborda un expediente criminal del pasado, con frecuencia prefiere el espectáculo antes que la verdad documental. El doble homicidio de Andrew Jackson Borden y Abby Durfee Borden, perpetrado el 4 de agosto de 1892 en Fall River, Massachusetts, es uno de los capítulos más debatidos en la historia judicial estadounidense. Sin embargo, entre la masa de sensacionalismo periodístico y las recientes adaptaciones televisivas —como la serie Monster: The Lizzie Borden Story—, la realidad procesal ha quedado sepultada bajo capas de ficción gótica y mitos contemporáneos.
Para quienes investigamos el true crime desde el rigor de la criminología histórica y la antropología forense, reabrir el caso de Lizzie Borden exige descartar el morbo y examinar el expediente original desde tres capas de análisis fundamentales: la evidencia pericial, el contexto victoriano y el trasfondo humano.
La Evidencia: cronología forense y juicio de 1893
A diferencia de lo que muestran algunas dramatizaciones, los peritajes de 1892 establecieron una secuencia temporal metódica de los homicidios. El primer ataque ocurrió alrededor de las 9:00 a.m. en el dormitorio de invitados. Abby Borden se encontraba arreglando la cama cuando fue sorprendida por el agresor: recibió un impacto inicial en el lateral de la cabeza que la dejó inconsciente, seguido de 18 golpes adicionales con un objeto cortante pesado en la nuca y la espalda.

Transcurridas casi dos horas, Andrew Borden regresó a la casa a las 10:40 a.m. tras realizar gestiones comerciales. Cerca de las 11:10 a.m., la hija menor, Lizzie Borden, dio la alarma a la sirvienta Bridget Sullivan afirmando que alguien había atacado a su padre. El cuerpo de Andrew presentaba entre 10 y 11 cortes profundos en el rostro y el cráneo mientras descansaba en el sofá.

Durante el juicio celebrado en New Bedford en junio de 1893, la fiscalía —encabezada por Hosea M. Knowlton y el futuro juez del Tribunal Supremo William Henry Moody— basó su acusación en pruebas indiciarias:
Ausencia de sangre y arma no confirmada: Aunque en el sótano se halló la cabeza de un hacha sin mango cubierta de ceniza, los peritos no pudieron demostrar que fuera el arma homicida ni detectaron manchas indelebles de sangre en la ropa de Lizzie.
Quema del vestido: La fiscalía enfatizó el testimonio de una vecina que presenció a Lizzie quemar un vestido azul en la estufa días después del crimen, acción que la acusada justificó alegando que la prenda se había arruinado con pintura fresca.
Inadmisibilidad de veneno: El intento previo de Lizzie por comprar ácido prúsico (cianuro de hidrógeno) en una farmacia local fue descartado por el tribunal por no guardar relación con la causa física de la muerte.

Al carecer de confesión o testigos directos, y tras la presentación de los cráneos desarticulados de las víctimas en la sala del tribunal —suceso que provocó el desmayo de la acusada ante el jurado—, la defensa explotó los prejuicios de la época.
Los sesgos históricos de la era victorian
El abogado defensor George D. Robinson centró su estrategia en los estereotipos normativos de género de la era victoriana. Argumentó ante un jurado compuesto exclusivamente por hombres que una mujer instruida, perteneciente a la burguesía local, activa en su iglesia dominical y dedicada a obras de caridad era física, moral y psicológicamente incapaz de perpetrar semejante carnicería. El 20 de junio de 1893, el jurado emitió un veredicto de «no culpable».

El expediente refleja las contradicciones de un sistema judicial en transición: la falta de preservación de la escena del crimen, la ausencia de técnicas forenses avanzadas (como la dactiloscopia o la genética) y los sesgos de clase e ideología impidieron determinar con certeza matemática la identidad del autor.
La Ficción frente al Expediente: Las invenciones de la cultura popular

A partir de este punto encontrarás spoilers sobre lo sucedido en la sereie. Si no la has visto es momento de detener la lectura.
Al investigar este caso para El Malamén, resulta imprescindible señalar cómo las producciones comerciales distorsionan el registro documental para construir melodramas psicológicos:
| Eje del Caso | Registro Histórico Documentado (1892–1893) | Invenciones de la Ficción (Monster, Netflix) |
|---|---|---|
| Perfil de Andrew Borden | Magnate e inversionista bancario de Fall River, caracterizado por una extrema tacañería. | Carpintero y embalsamador obsesionado con afilar sus hachas. |
| Matanza de las palomas | Andrew decapita palomas en el establo con un hacha por razones de higiene. | Abby Borden decapita las aves para atormentar a Lizzie. |
| Rol de Bridget Sullivan | Sirvienta doméstica y testigo clave de la fiscalía; relación estrictamente laboral. | Romance gráfico y coautoría intelectual y física del crimen. |
| Asesinato de Bertha Manchester | Ocurrido el 30 de mayo de 1893 por el obrero José Correa de Mello. | Imputado a Lizzie Borden en 1892 como un «ensayo general» previo. |
| Anacronismos | Amistad con la actriz Nance O’Neil iniciada en Boston en 1904. | O’Neil entrena a Lizzie en 1893 para manipular al jurado victoriano. |
Conclusión

Lizzie Borden vivió el resto de sus días recluida en la mansión Maplecroft bajo el ostracismo social de Fall River hasta su muerte en 1927. Transformar un doble homicidio intrafamiliar en una fábula sobre venganza o rebelión moderna desdibuja la realidad de las víctimas y la memoria de una época.
Investigar los archivos históricos no es repetir ficciones ni traducir contenidos sin filtro; es encarar la duda razonable del pasado con el rigor pericial del presente.
Referencias y fuentes consultadas
- Famous Trials / University of Missouri-Kansas City. (1893). The Lizzie Borden Trial Transcript and Documents.
- Historical Journal of Massachusetts. (2018). The Lizzie Borden Murder Trial: Gender, Class, and the Law in Victorian America.
- National Geographic. (2020). Who was Lizzie Borden—and did she really kill her parents?







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