Por Fernando Castillo

Si observamos con atención el ritmo de la naturaleza, descubriremos que jamás se pelea con el cambio. Los árboles no se aferran desesperadamente a sus hojas cuando sopla el primer viento del otoño. Las dejan caer en un acto de rendición serena, sabiendo de antemano que despojarse de lo viejo es el único camino posible para proteger la raíz y volver a florecer más adelante.

Sin embargo, los seres humanos solemos actuar exactamente al revés. Nos aferramos con uñas y dientes a lo que ya se secó, a vínculos que solo sostienen cenizas, a proyectos marchitos y a versiones de nosotros mismos que ya no nos quedan. Nos aterra la idea del invierno personal, del silencio, del espacio en blanco. Y en esa resistencia absurda, gastamos una cantidad infinita de energía intentando revivir un árbol que ya dio sus frutos.

Aceptar que algo ha terminado es una de las tareas más difíciles a las que nos enfrenta la existencia. Desde pequeños nos enseñaron a luchar, a persistir y a remar contracorriente a toda costa; nos vendieron la idea de que desistir es siempre sinónimo de cobardía.

Entonces, prolongamos lo inevitable. Nos quedamos en espacios que apagan nuestra esencia, sostenemos relaciones donde el afecto se transformó en pura costumbre o carga emocional, únicamente por pánico al duelo y a la incertidumbre del qué vendrá. Pensamos que si soltamos, nos quedaremos en la intemperie. Y en ese temor al abismo, preferimos el sufrimiento conocido antes que la libertad incierta de un nuevo comienzo.

Pero retener lo que ya cumplió su ciclo tiene un costo invisible enorme: nos intoxica por dentro. Lo que un día fue nuestro refugio, cuando se fuerza más allá de su tiempo, termina convirtiéndose en nuestra propia prisión.

Soltar por sabiduría, no por derrota

Existe una frontera crucial entre rendirse por cobardía y soltar por sabiduría. El otoño personal no debe entenderse jamás como un fracaso; es, en realidad, una rendición consciente ante la ley natural de la vida. Las cosas, las etapas y las personas tienen un principio, un desarrollo y un desenlace. Que algo termine no significa que haya sido en vano; significa, simplemente, que su ciclo en nuestra historia ha llegado a su punto final.

Cuando aprendes a soltar lo que ya no es para ti, dejas de agotar tu energía intentando reanimar el pasado y liberas las manos para sostener el presente. El vacío no es una amenaza de la cual debamos huir, sino el lienzo necesario sobre el cual la vida vuelve a reinventarse. Soltar es, paradójicamente, uno de los actos de autocuidado más amorosos y maduros que podemos ejercer.

En este proceso surge nuestra mayor piedra de tropiezo: la retención nostálgica. Esa obsesión por conservar con vida aquello que el tiempo y las circunstancias ya se encargaron de despedir.

Es fundamental no confundir la lealtad con el masoquismo. No le debemos fidelidad a lo que nos estanca, a lo que nos hiere o a lo que detiene nuestro crecimiento, solo por el valor de los recuerdos compartidos. Honrar el pasado también implica saber cerrar la puerta cuando el ciclo concluye.

Pregunta de reflexión para el lector

Antes de arrancar esta semana, te invito a preguntarte:

¿Cuál es esa hoja seca que sigues sosteniendo entre las manos, y qué te impide dar el paso para dejarla caer?

A veces, lo más valiente y sano que podemos hacer por nosotros mismos es dejar que las hojas caigan.


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