Para mi generación y anteriores, ver a los soldados era un lujo que sólo podíamos darnos en los desfiles; los balazos venían de los hermanos justicieros Mario y Fernando Almada, y sus películas de cine mexicano de acción. ¡Qué decir de los muertos que sólo aparecían en la película de El Santo contra las momias de Guanajuato! Incluso, ya un poco más grande, recuerdo cuestionarme “¿Por qué Colima no figura en las noticias?, ¿A caso somos de otro planeta?”.  

Ahora, los soldados, los balazos y los muertos –en partes o enteros- son el pan de cada día, al a vuelta de la esquina y a cualquier hora. Simplemente hace semanas se publicó en medios locales y nacionales que Colima era el segundo estado más violento del país en los últimos 20 años.

Sólo en febrero se registraron 41 casos de homicidio con 47 víctimas –eso en cifras oficiales… imaginen las no oficiales-. Es decir, que existen 9.65 homicidios dolosos por cada 100 mil habitantes. Medios nacionales, como La Jornada, titularon “En Colima se comete un homicidio cada 11 horas”. La nota es del 19 de abril y contabiliza 146 ejecuciones en Manzanillo, Tecomán y la capital del estado.

Juan Carlos Flores, el corresponsal y responsable de esta valiosa información abre su interesante nota informativa con la siguiente expresión: “Hace algunos años, Colima era considerado el estado más seguro del país. ‘Podías dejar la puerta abierta de tu casa por las noches y no pasaba nada’”. Cierto, como dije antes, Para mi generación y anteriores era tan común ver las puertas, de las casas de los vecinos, abiertas de par en par; incluso las atrancaban con un caracol traído de algún viaje familiar hecho a la playa.

Pasamos de ser el multipremiado estado que tenía los índices más altos en seguridad, calidad de vida y el primer lugar del país para hacer negocios, a ser el estado más violento, con la peor calidad de vida –ya que apostaron a la multiplicación de vías para más vehículos a mejorar el servicio de transporte público, que impacta directamente en la calidad de vida- y con negocios que son rafagueados, personas asesinadas brutalmente en las calles y ciudadanos temerosos de evidenciar su poder adquisitivo.

De acuerdo a la información de Juan Carlos Flores, publicada en La Jornada, Colima inició este año con 30 asesinatos en enero, 41 en febrero y 55 en marzo (la cifra mensual más alta en 10 años) y en abril suman más de 20. Los municipios más violentos son Manzanillo, Tecomán y la capital.

El colmo y la cereza del pastel –por no decir ¡No me pinche jodas!- veo en un diario de circulación local que agentes de la Policía Estatal Acreditada y de la Policía Ministerial intimidaron y obligaron a un reportero a borrar fotografías que tomó de un operativo que realizaban en Los Pinos, colonia de Colima capital. Y lo peor, los agentes declararon que son órdenes del nuevo procurador Felipe de Jesús Muñoz Vázquez, quien por cierto fue procurador de Aguascalientes de 2010 a 2015 y donde acumuló 272 quejas por tortura y otras violaciones a los derechos humanos. Como aclaración al hecho, no es ilegal grabar o fotografiar a policías mientras se realizan detenciones u operativos, de a una recomendación hecha por Derechos Humanos ya que constituyen violaciones a los derechos de libertad y seguridad personales, a la integridad personal –en particular a no ser sometido a actos de tortura y otros tratos o penas crueles e inhumanos o degradantes–, y a la libertad de expresión y acceso a la información.

Este caso me recuerda a un caso reciente de tortura hecho por el Ejército a una mujer en Guerrero. Video viral exhibiendo las torturas y ¡saz! El secretario de la Defensa Nacional, Salvador Cienfuegos, pide perdón por la tortura al estilo “en nombre de todos los que integramos esta institución nacional ofrezco una sentida disculpa” y es todo. Párale de contar.

Señor Salvador Cienfuegos – a secas porque no merece mi respeto- y señor Felipe de Jesús Muñoz, por si no lo saben los ciudadanos somos los buenos y los periodistas, aunque el lente de la cámara parezca un arma sacada de la última película de James Bond, son los que mantienen informados a los buenos. Y aun así, los delincuentes no deben ser torturados –por humanidad- sino encarcelados por sus delitos, que por cierto, se han hecho comunes… se ha vuelto el pan de cada día. ¡Es más! El día que no sucede algo violento, hasta nos extraña.

Ahora sí que al puro estilo de José Emilio Pacheco, en su novela Los principios del placer: “No lo van a creer, dirán que soy un tonto, pero de chico mis ilusiones eran ser soldado o policía y proteger a la gente de los malhechores (…), ahora ya estoy grande y me río de todo eso”.

*Licenciado en Lingüística, productor de noticias y editor web.