A dónde irá ese antiguo cántico femenino que inunda el patio de mi casa, que recorre las oscuras esquinas e ilumina mi alma. Se disipará poco a poco cuando su esencia se extinga y terminen en polvo sus recuerdos. Se acumularán las hojas en el piso y borrarán con el tiempo sus pasos.

Son sólo ellas, las diosas, quienes iluminan con cuerpo y alma el camino de los suyos. Son ellas, sólo ellas, quienes terminan fugazmente su existencia para ver florecer otras; la vida nace en su vientre y florece en sus manos, pero su cuerpo irradia dolor. Sus senos duelen, pero amamantan una vida; sus piernas se estremecen, pero ven nacer un ser. Y al final del camino, ¿Qué les queda? Un cuerpo desgastado y marcado por la vida de alguien más.

Es “La Madre”, ese ser que se estanca en el cuidado de los suyos y se priva de su vida para hacer alarde de sus crías, de sus vidas y sus logros. Y al final del camino ¿Qué le queda? Una memoria llena de recuerdos que evoca en su abandonada y sombría conciencia, oscura y lluvia, que irradia satisfacción; que parte el alma en dos y destruye todo escepticismo de los otros.

No se van solas, se llevan sus memorias; no mueren sin trascendencia, dejan semillas que han de transmitir sus ideales a los suyos. Son espíritus de paso, como todos, pero nos duele más su partida. Nos aferramos a una absurda que no podrá existir jamás, ellas tiene que partir. Todos partimos alguna vez en la vida. Nacimos muriendo.

Estremece la idea de dejar de escuchar el rechinar de esa mecedora que irrumpe en el silencio de la casa, mientras cose, lee o simplemente mientras existe para nosotros. Destroza el alma llegar a casa y descubrir que se ha ido ese suspiro que consume nuestros problemas en su pecho cuando nos abraza para escucharnos. No hay miedo después de ellas, sólo recuerdos de lo que su vida fue y lo que nuestros recuerdos serán, cuando llegue nuestra partida para reencontrar su pecho y el vaivén de su antiguo cántico maternal.