Desperté a deshoras, buscando el teléfono a toda costa para responder a tu llamado insistente, ese tono acelerado que no dejaba pasar inadvertido el sonido entre las sábanas.
A tientas, mis dedos torpes solo buscaban detener la vibración entre la penumbra de la habitación, antes de que el silencio volviera a adueñarse del aire.
Al sujetar la pantalla fría y encender la luz tenue, el historial permanecía intacto. No había ninguna notificación, ninguna llamada perdida y ningún mensaje marcando la hora. En ese instante comprendí que el timbre no venía de ese aparato, sino del rincón de mi memoria, ese que aún se obstina en guardar tus horarios y manías.
Apenas destaca la luz del amanecer y tu voz no necesita una notificación para irrumpir mis sueños. Mis costumbres son simplemente el eco de una conversación que dejamos a medias antes de marcharnos cada quien por su camino.
Me acostumbré a responder por inercia, aunque ya no estás. Es como si el hábito fuera más fuerte que mi voluntad o la propia distancia entre tú y yo; distancia que va más allá del plano físico, del plano terrenal.
Sin más, dejé el teléfono sobre la mesa de noche, de nuevo. Me quedé mirando el techo mientras la luz de la mañana se filtraba por entre las cortinas, mientras comenzaba a colapsar de nuevo la realidad ante mis ojos.
En ese instante entendí que mi desafío no es aprender a no contestar, sino dejar de esperar el tono.







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