Por Fernando Castillo*

Cada vez que el tema de la inteligencia artificial y la robótica se filtra en una conversación, la misma pregunta incómoda salta a la vista: ¿Nos va a quitar el trabajo? 

Cuando las primeras máquinas de escribir comerciales salieron al mercado (especialmente la Remington No. 1 en 1874), la reacción del público no fue la más adecuada. Muchas personas desconfiaban de ellas y demostraban un álgido rechazo por esa “nueva tecnología”. 

Esto ocurrió principalmente porque las personas asociaban las letras impresas exclusivamente con los periódicos, los libros o anuncios publicitarios. Recibir, por ejemplo, una carta mecanografiada, se consideraba una falta de respeto muy grave. Una de las anecdotas más recordadas es la de un hombre de negocios que devolvió a uno de sus clientes una carta hecha a maquina con una nota que decía: 

“No tiene necesidad de escribirme a máquina. Yo sé leer perfectamente la escritura a mano. Considero un insulto que me mande un texto impreso, como si dudara de mi capacidad para entender la caligrafía”.

Por otro lado, había quienes pensaban que recibir una carta mecanografiada significaba que el remitente estaba intentando ocultar su verdadera identidad o falsificar el documento en cuestión. Pero, ¿por qué pasaba esto? Básicamente, se tenía la creencia de que la firma o los trazos personales desaparecerían completamente al usar los tipos de la máquina de escribir.

El mismo proceso está sucediendo con la llegada de las inteligencias artificiales y la robótica. El temor a ser reemplazados por una máquina genera una verdadera inquietud. Sin embargo, esto es normal si vemos como el ciclo se repite una y otra vez con la llegada de nuevas tecnologías. 

Si analizamos la situación con una perspectiva real, el mercado laboral no se encamina hacia la extinción del empleo, sino a un proceso  de transformación tecnológica desde la base.

Por un lado, es difícil no ver que la llegada de nuevas máquinas y tecnología agiliza el proceso de producción gracias a la automatización de trabajos. Asimismo, legar a estas nuevas tecnologías tareas peligrosas o rutinarias ayuda a proteger la salud de los trabajadores y, a la vez, abre la puerta a nuevas áreas profesionales. 

Por otro lado, existe un gran desafío en el proceso de transición. Enfrentar el desplazamiento de puestos tradicionales es preocupante ante la brecha de capacitación técnica y el alto costo de la adaptación de la empresa y de los empleados.

Sin embargo, el panorama cambia una vez que se contrasta el temor a ser desplazado con las estadísticas. De acuerdo con estimaciones del World Economic Forum, aunque la automatización podría desplazar unos 92 millones de empleos para el 2030, la adopción de nuevas tecnologías crearía cerca de 170 millones de nuevos roles de empleo. El neto positivo en estas cifras es un balance de 78 millones de puestos de trabajo. Además, análisis de firmas como Goldman Sachs y el Boston Consulting Group (BCG) señalan que entre el 50 y el 55 por ciento de las profesiones no desaparecerán, sino que se modificarán. 

La verdadera discusión no debería centrarse en la sustitución de las personas, sino en la reconfiguración laboral. La inteligencia artificial no llega como un rival insensible, sino como un nuevo paradigma que nos exige evolucionar hacia una colaboración directa entre humanos y la inteligencia artificial. Nuestro verdadero reto no es evitar el cambio, sino prepararnos para sumarnos a él.

Fuentes y referencias bibliográficas


*Licenciado en Lingüística por la Facultad de Letras y Comunicación de la Universidad de Colima. Escríbeme a lcastilloochoa@gmail.com o visita http://www.palabrasprohibidas.com


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