Carta 2: Aromas del pasado

¿Aún me puedes recordar? Sigo pensando, sentado en el comedor mientras el café se quema en la cafetera encendida. Es un aroma indescriptible como indescriptible fue nuestro amor. Tú sabes bien que esto no es algo pasajero, no es aroma que se vuelve humo saliendo por la ventana de la cocina, no es destrucción de granos molidos, empapados por el agua y escurridos por el filtro. Es algo más que no podemos describir. 

Te intenté contactar y no lo pude hacer. Tu casero me dijo que te has mudado a otro vecindario, a otra ciudad incluso; sé que miente, lo vi en sus ojos. No temas por lo que pueda pasar, al final sólo los amantes sobreviven. Sé que tarde o temprano llegará el momento en que nos encontremos frente a frente, bajo el mismo cielo y la misma luna, bajo el mismo atardecer quizás o incluso en el mismo elevador sin pensarlo. 

Es difícil sobrellevar el día, sabiendo que las medidas de cuidado se han recrudecido desde aquella última vez que tomamos café en la Plaza de Armas. ¿Recuerdas? El estallido social que se vino sobre nosotros después de ese hombre bomba. El mensaje sigue ahí, dice lo mismo de hace unos años, no he querido borrarlo para escuchar tu voz. De vez en cuando veo tus últimos videos y aprecio tu sonrisa como antes no pude hacerlo, como antes no pude decirlo. Sé que es tarde, pero tenía que enviarte este mensaje; digo, sé que es tarde no por la hora sino por los años que han pasado.

Una abismal distancia nos separa en tiempo y espacio, y aún no sé si leerás esto. Espero que sí, si no sentiré como si estuviese arrojando botellas al mar, con un mensaje dentro, esperando que alguien lea las notas en otros idioma, las descifre y por fin me envíe su respuesta por correspondencia convencional. 

Tú siempre has creído en ese sentido poco común que poseo, en esa magia de hacer algo inesperado y ver si dará resultado. 

Tal vez estarás conduciendo por ahí, aún pensando en que puedes pisar el acelerador y solucionar las cosas, espero que no… todavía hay esperanza en el universo, ten fe en las palabras que te escribo. La vida misma se encarga de cobrar cada factura a aquellos que han decidido evadir la realidad de sus miserables vidas, de sus malvadas intenciones. Sé que no suelo maldecir, pero ¡Oh Dios mío! Esta ocasión lo amerita. 

P.D. Sé que entenderás cada línea si lees entre los espacios en blanco que crees que hay en tu cerebro y tus recuerdos.

Publicado por Fernando Castillo

Licenciado en Lingüística, productor de noticias y corrector de estilo.

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