Moment of Surrender

¿Puedes escuchar el sonido procedente de la noche, de las colinas o del aire? Susurra cosas que no podemos entender, tan inaudibles que deben atravesar cualquier objeto en su camino para silbarnos su significado. Estamos enfermos de algo que muchos llaman “éxito”.

Todo mundo lo busca y quien no lo encuentra se frustra, a veces corre, ríe desesperadamente, llora pero madruga, trabaja duro pero se siente atado al fracaso; se dice a si mismo ¡Avanza, avanza, avanza! Y lo hace porque de lo contrario agárrate fuerte a lo que encuentres porque el mundo te tira a sus pies.

Qué es lo peor que le puede pasar a un ser humano: ¿Vivir sin dignidad o vivir en la inmundicia? ¿No son acaso lo mismo?

Miras de soslayo a los demás cuando estás arriba y aunque griten o agiten sus brazos no les das la mano. ¿Y si me arrastra a su infierno?, piensas mientras ignoras y te distraes en tu celular, leyendo un mensaje que jamás llegó.

No olvides que, si hablamos de éxito, casi siempre estás jugando con fuego, hasta que el fuego juega contigo y te reduce a cenizas.

Qué es más fácil: ¿Sacar a alguien del infierno o que te arrastre a él? Claro, es más sencillo tuitear o darle “me gusta” y compartir una injusticia (desde nuestro escritorio, en un trabajo de mierda) para que el resto del mundo se entere que darle la mano a alguien y llenarnos de lodo.

Nos quejamos de que se nos enfrían las manos por el aire acondicionado de la oficina pero nunca nos hemos puesto a pensar que realmente hay alguien en la calle que desearía poder quitarse el frío presionando un botón.

Si colocas las palmas de tus manos una frente a la otra y escuchas el susurro del viento pasar entre ellas, te darás cuenta que sólo hay frío… frío y soledad.

¿En qué nos hemos convertido? Asimov tenía razón. Al final de cuentas todo son metáforas y los autómatas de Isaac Asimov nos describe perfectamente desde mi punto de vista. Aunque no lo plantea así, yo veo que somos los primeros autómatas, simples robots que vamos de aquí para allá realizando funciones sencillas, limitadas y con un escaso y carente poder de tomar decisiones propias.

Te has puesto a pensar que, paradójicamente, buscamos humanizar las máquinas sin darnos damos cuenta –  o ignorando- que nosotros mismos nos estamos deshumanizando poco a poco. Estamos creando máquinas y códigos capaces de controlar la economía y nuestras vidas. Pero, ¿Qué vida van a controlar si nos hemos convertido en monotonía infinita?

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