Por qué llorarle a la muerte si podemos celebrarla, es lo que me dijo mi abuela cuando le pregunté sobre el Día de Muertos cuando era pequeño, quizás 7 años. Jamás olvidé esas palabras. Tenía miedo de encontrar a mi bisabuelo en la sala, cerca de su altar de muertos, comiendo el caldo de res que tanto le gustaba. Me aterraba pensar que al día siguiente simplemente el plato estuviera vacío. 

El Día de Muertos es celebrado por todos los mexicanos el 2 de noviembre pero las festividades comienzan desde un día antes. Esta celebración coincide con la celebración católica del Día de los Fieles Difuntos y Todos los Santos; para quienes somos de Colima, en México, también coincide con el inicio de la Feria de Todos los Santos, una celebración con juegos mecánicos, dulces tradicionales, puestos de artesanías de todas partes de México y restaurantes típicos o no.

Esta festividad mexicana se convirtió en 2003 en Obra Maestra del Patrimonio Oral e Intangible de la Humanidad.

Catrina pa’l velorio 

El caricaturista mexicano José Guadalupe Posada le regaló a los mexicanos una visión caricaturesca de la muerte: la Calavera Garvancera. Su nombre proviene de las personas que vendían garbanza y que siendo indígenas pretendían ser europeos, por ello su sombrero francés. Finalmente el muralista Diego Rivera la bautizó como La Catrina en su mural “Sueño de una tarde dominical en la Alameda Central”. Pese al paso de los años, esta sátira de los mexicanos no ha cambiado: podremos andar en los huesos, pero a la moda.

Aunque suene extraño, el Día de Muertos es la festividad más viva para los mexicanos. Colores, dulces, pan y flores forman parte de los símbolos con los que afrontamos algo que todos los seres humanos tenemos seguro en este mundo: la muerte.

Hay dos tipos de calaveritas: de dulce y literarias. La primera es un cráneo de azúcar con colores vivos como el rojo, azul, rosa y verde, y tienen escrito en la frente el nombre de la persona a quien se la vas a regalar. No es una ofensa, sino lo contrario. Por otro lado, las calaveritas literarias son una especie de pequeño poema donde se satiriza la forma en la que murió algún amigo que aún está vivo. Esta tampoco es una ofensa.

El pan de muerto es elaborado de anís y se le espolvorea azúcar. Sus principales adornos son en forma de hueso y su figura incluso puede ser en forma de cráneo.

La principal flor que se usa en esta celebración es el cempasuchil, una flor naranja y pequeña conocida también como clavelón de la India. Las creencias de los mexicanos dicen que atraen y guían el alma de los muertos.

El altar de muertos es una especie de ofrenda en la que se coloca la comida favorita del difunto, su foto y flores de cempasuchil con veladoras y papel de colores vivos; los alimentos más comunes son la calabaza en tacha, caña, la vara de tejocote, agua, frijoles y atole. Este altar se hace cuando la familia está muy lejos de donde descansa el difunto y se hace para recordarlos. Se cree que el alma de los niños regresan el 1 de noviembre y los adultos el 2 de noviembre.

Como podrás ver, estimado lector, los mexicanos no le tenemos miedo a celebrar la muerte. La celebramos pero quizás es natural que todos le tengamos miedo a lo desconocido, ¿Qué hay más allá de cerrar los ojos y descansar bajo la tierra? ¿A dónde van los muertos? ¿En verdad regresan para ser venerados o porque no pueden descansar en paz? Eran mis preguntas cuando tenía 7 años. La respuesta que yo les puedo dar, y que me dio mi abuela en ese momento, es “Mijo no le tenga miedo a los muertos, téngale miedo a los vivos… esos si ahorcan y aprietan el buche, los muertos ya no te hacen nada”.

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