El típico Infeliz exitoso

Te ha pasado que te arrepientes y lloras, o que encuentras el “error”  (esa parte tan difícil de aceptar que prefieres no mirar) y decides hacer como que nada pasó; ¿que buscas cualquier cosa para distraer la mirada de tu sentida culpa y evadir la responsabilidad? Si es así, amigo, lamento decirte que eres un infeliz.

¡Pero no cualquier tipo de infeliz! Déjame decirte que, aunque no lo creas, hay muchas categorías. Tú, en el sentido que lo veas, eres un infeliz exitoso. Aquel tipo que a costa de su felicidad llega a la cima de cierta meta, sin importar a quienes ha dejado abajo.

Aceptas tu desgracia pero compensas todo aquello que no se puede comprar con lujos que muchas veces son innecesarios ¿Cierto? No deseo que admitas de buenas a primeras tu triste realidad. ¡No! Ese no es el punto de quiebre; aquí el sentido verdadero del cual se desprende la forma tan cruel (para mi opinión) en que escribo, es que a mi juicio (querido lector) quizás yo sea uno de esos infelices seres humanos que vive una monotonía indeleble.

No por esto creas, querido lector infeliz, que siento empatía por padecer el mismo mal. Sólo quiero emparejar las cosas y que vea que “no intento sacar ventaja de su incertidumbre” para obligarlo a leer las arrogantes líneas que, hasta ahora, ha leído.

Sabes que te encuentras en la cima del éxito cuando, en la actual crisis económica, tienes un trabajo, vives sin preocupaciones (pero sin lujos) y procuras conversar, aunque sea sólo mediante pantallas, con aquellos a los que llaman tus redes sociales “amigos”.

Además, tu familia cree que te la vives como “ser social” por el simple hecho de tener un smartphone que timbra cada dos segundos para avisarte de un nuevo email, whatsapp, mensaje de viber, etiquetas de facebook o menciones de twitter; además de ser impertinentemente insistente al recordarte que no has leído los mil y un mensajes de tu jefe. (El caso puede variar dependiendo del smartphone que posees)

Eso, estimado infeliz exitoso, ¡No es una vida social! se llama esclavitud. Víctima del vicio tecnológico que día a día crece más, al que le sumas por lo menos 3 actividades nuevas al  mes, 2 aplicaciones más por semana y más notificaciones.

¡Tranquilo! no te sientas ofendido ni agredido, simplemente debes aceptar que muchas veces miras la pantalla de tu smartphone para borrar las notificaciones sin siquiera revisarlas. Muchas veces, siendo honesto, yo lo hago.

Aunque sólo hagas eso, también te preocupa que las notificaciones de “Path” no timbren porque te interesa saber quién ha visto tus publicaciones y qué han publicado los demás; sin dejar de lado también que desearías tuviera un chat privado o “inbox”.

Quizás te preguntes ¿Dónde radica la infelicidad en estos ejemplos? posiblemente no lo veas pero cuando llegas del trabajo y tu familia te pregunta “cómo fue tu día” contestas: “Normal (mirando la pantalla táctil de tu celular), lo mismo de siempre… mi jefe se puso impertinente, no salí temprano porque mi compañero no terminó a tiempo”, y fin de la comunicación.

A tus amigos, les tienes informados de lo que pasa porque también usan las mismas redes sociales que tú, y por ende, no tiene temas fuertes de conversación para esas salidas ocasionales (si se les puede llamar así a esas veces en que te dejan de paso en tu casa).

No hemos analizado el “punto de quiebre” del infeliz exitoso; lo sé estás ansioso de saber cuál es ese punto en que fallarás, y cuando te rindas traiciones a los tuyos… incluso a ti mismo. Soy nadie para decirte cuál es es punto.

Este no es el caso típico de regresión segmentada donde puedas analizar tu punto, ese umbral crítico en que serás doblegado.

Sin embargo, puedo y tengo el valor moral (sin transgresiones) de anticiparte que la única respuesta lógica, matemáticamente posible, se encuentra en tu punto de equilibrio; ese en  que encuentras el balance, sin problemas, entre lo bueno y lo malo… en que un poco de bueno ayuda a lo malo y viceversa.

Yo, he encontrado mi punto de equilibrio allí donde todos piensan que no hay nada bueno que rescatar, donde se traiciona cuando la presión se encuentra en su máxima expresión. Localizado exactamente donde el umbral crítico no está: sobre mi cabeza.

Continuará….

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