Por Fernando Castillo*
En la era digital se ha vuelto cotidiana una falsa premisa que muchos administradores de páginas web y redes sociales replican como si fuera una verdad absoluta: “Subir una fotografía a Facebook significa que pierdes tus derechos de autor y la imagen pasa a ser de dominio público”.
Pero incluso tienen la creencia de que si un medio de comunicación o un portal digital cierra sus puertas, todo el material que albergaba pasa automáticamente a convertirse en propiedad de nadie. Cuando un portal de noticias colapsa o quiebra, sus crónicas, ilustraciones y galerías fotográficas parecen quedar flotando en la nada, listas para ser tomadas por el primero que las encuentre en un buscador.
Sin embargo, el olvido digital o la caída de un servidor no convierten una obra en contenido huérfano ni le quitan el derecho de autor.
Conozco bien este dilema desde la práctica periodística. En noviembre de 2013 capturé una serie de fotografías para ilustrar un reportaje de mi autoría titulado “El ‘elefante blanco’ de la cultura en Colima”, publicado en una plataforma de noticias. Aquel trabajo fue galardonado en junio de 2014 con la Presea al Mérito Periodístico “Gregorio Macedo López” en la categoría de Artículo.
Años más tarde, la empresa de comunicación quebró y el portal web desapareció de la red. Hoy por hoy he comenzado a notar cómo algunas de esas imágenes reaparecieron en páginas locales de redes sociales. Aunque las imágenes están recortadas y con una calidad inferior, coinciden de forma exacta con mis archivos digitales originales. Y son utilizadas para ilustrar pasajes históricos, acreditando a los autores del texto adjunto, pero omitiendo por completo el crédito del fotógrafo.
El argumento implícito parece ser el mismo: «como el medio original ya no existe, la imagen no tiene dueño».
Esta práctica desconoce un principio fundamental del derecho de autor: los derechos morales —el reconocimiento indeleble de quién capturó la luz, eligió el encuadre y le dio sentido a la escena— son inalienables, imprescriptibles e irrenunciables.
Bajo la legislación sobre propiedad intelectual (como los artículos 18 y 19 de la Ley Federal del Derecho de Autor en México y normativas internacionales afines), los derechos morales no se extinguen con la quiebra de un medio ni se pierden con la caducidad de un dominio web. El derecho a exigir el crédito de autoría permanece 100% intacto frente a cualquier tercero.
Apropiarse de imágenes, recortar la firma o publicarlas sin atribución bajo el pretexto implícito de que «la página original ya no existe» no es un rescate cultural; es un despojo que invalida el trabajo del creador. Si una fotografía es necesaria para ilustrar una historia, el mínimo acto de ética profesional consiste en buscar al autor, solicitar su consentimiento o, por lo menos, otorgarle el crédito correspondiente.
Internet —y al parecer, muchas personas— padece de una amnesia acelerada, pero la memoria del creador no debe ser víctima de la caducidad de un servidor. Respetar la firma de un fotógrafo es recordar que detrás de cada imagen sigue existiendo un ser humano cuyo trabajo merece dignidad.
¿Cómo actuar si usan tus imágenes sin crédito?
- Conserva tus evidencias de autoría: El archivo digital original con sus metadatos de captura (EXIF), las actas de reconocimientos/premios y los registros en hemerotecas digitales (como Wayback Machine) constituyen respaldos irrefutables de tu trabajo.
- Contacta de forma cordial al medio: Envía un mensaje profesional solicitando la actualización de los créditos con tu nombre y el contexto de la obra.
- Recurre al reporte de propiedad intelectual (DMCA): Si la página ignora la solicitud o se niega a acreditar tu trabajo, plataformas como Facebook e Instagram disponen de formularios oficiales de infracción de derechos de autor para retirar la publicación en un lapso de 24 a 48 horas.
En conclusión, defender el trabajo fotográfico en el entorno digital no consiste en buscar la confrontación, sino en ejercer un derecho legítimo con profesionalismo y método. Exigir el reconocimiento de una imagen no es un capricho individual; es una postura ética para dignificar el oficio creativo, cuidar la memoria visual y recordarle a la red que la caducidad de un sitio jamás justificará el despojo.
*Licenciado en Lingüística por la Universidad de Colima.







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