Hay noches en las que mi mente fluye de una forma diferente a la habitual. La oscuridad reina en ese paraje de ideas. Es un ambiente sombrío, libre de los destellos de claridad que brinda una mente tranquila. Parece que a veces camino en un territorio demasiado hostil donde no logro abrirme paso.
Intento contemplar el mundo desde las alturas y solo veo luces lejanas, borrosas y distantes a mi realidad. ¿Acaso mi brújula se vuelve loca buscando un norte que jamás existió o estoy solamente en una realidad alterna? Intento contemplar todo a la distancia, pero la densidad es tal que ningún trazo alcanza a cartografiar la desesperación que siento.
Nos acostumbramos a creer que nombrar las cosas equivale a dominarlas. Dedicamos la vida a construirnos, a buscar el momento preciso para cada grieta del alma, convencidos de que nuestro interior es un refugio infalible contra el caos. Sin embargo, tarde o temprano nos topamos con una frontera donde la palabra se vuelve insuficiente.
No es un simple tropiezo. Es algo más antiguo, más oscuro e innombrable: un ser oculto bajo la marejada que habita lejos de lo nombrable y donde las palabras, al intentar descender a buscarlo, se desintegran por la presión.
Cuando quiero gritar, mis frases se quiebran antes de tocar la superficie, dejando apenas un rastro de espuma donde debería haber una certeza.
Quizás las horas tardías se desdibujan al intentar forzar cada latido, al intentar aprender a habitar la penumbra sin la urgencia de etiquetarla.
Aceptar que existen emociones que no nacieron para ser explicadas ni compartidas es, al final, una forma de hacer las paces con el silencio.







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