La verdad sobre el caso Harry Quebert: ¿Una obra maestra o el triunfo del cliché?

Poco más de 600 páginas en su versión en español. Esa es la primera advertencia que debo hacerte, querido lector. Si decides adentrarte en esta novela de Joël Dicker, te aviso de una vez: te va a costar engancharte al principio.


Revisando mi timeline de X (antes Twitter), me di cuenta de que compré este libro el 26 de agosto de 2024, leí un solo capítulo y no continué con la lectura sino hasta el 11 de junio de 2026. Y sí, vas a tener que regresar páginas y releerlas para no perder el hilo con sus constantes saltos temporales entre los sucesos que se dividen en tres épocas: 1975, 1998 y 2008.

Por un lado, en 1975, la joven de 15 años Nola Kellergan desaparece sin dejar rastro; en 1998, es el año en que se forja la amistad entre Marcus Goldman y su maestro Harry Quebert; para 2008, el eje central del libro nos lleva de la mano del joven escritor Marcus Goldman, quien trata de superar el «mal de la página en blanco» que le aqueja, visitando a su exmaestro y ahora amigo, Harry. Poco después de su visita, el giro de trama se tuerce hacia el descubrimiento del cadáver de Nola en el jardín de la casa de Quebert.

¿Cuál es el objetivo principal de estas poco más de 600 páginas? Demostrar la inocencia de Quebert sobre el asesinato de la joven de quien estaba enamorado.

Cliché americano, un ego ‘formidable’ y una madre muy metiche

Joël Dicker es un escritor extranjero, y se nota bastante. Creo que hablo por todos los que alguna vez intentamos escribir sobre una realidad en la que no estamos inmersos, pues desde las primeras líneas descriptivas se nota una trama basada principalmente en los clichés a los que estamos acostumbrados sobre Estados Unidos: un pueblo idílico de Nueva Inglaterra, la típica cafetería con café americano y chismes locales, y la visión que nos ha vendido Hollywood sobre el éxito editorial. Esta misma idealización de postal se demuestra perfectamente, incluso, desde la elección de su portada, que utiliza la pintura Portrait of Orleans de Edward Hopper.¹ La editorial apuesta a la nostalgia visual de Hopper —el retratista por excelencia de la melancolía estadounidense— para venderte una atmósfera que, una vez que abres el libro, se siente acartonada.

La historia avanza lentamente, casi con una lentitud innecesaria. Está llena de repeticiones que te hacen sentir que te has brincado una página hacia atrás y estás releyendo el mismo párrafo de hace unos minutos. En lo personal, una novela llena de descripciones tan detalladas —como las de Stephen King— me fascina, pero en este caso se siente casi como si tanto detalle sobrara. El trasfondo de la historia es bastante simple e, irónicamente, tanta repetición solo hace que la trama se sienta torpe.

Pero hablemos del protagonista sin hacer spoilers. Marcus Goldman es la encarnación literaria de muchos jóvenes que anhelan hacerse famosos escribiendo un solo libro. Vienen a mi memoria pasajes del libro donde es fotografiado en la calle casi como una celebridad de televisión solo por su debut, ¿es eso posible? ¿Se puede escribir un solo libro y ser ya la joven promesa de la literatura estadounidense?

¿Se puede escribir un solo libro y ser ya la joven promesa de la literatura estadounidense?

Su personalidad, me atrevo a decir, heredada de su madre, es el paquete completo de los clichés: ambicioso, arrogante, insistente, sin madurez e inexperto. Que se haga llamar a sí mismo “El Formidable” ya te dice todo lo que necesitas saber sobre su inflado ego. Siempre he dicho que si un personaje está hecho para caer gordo, se aplaude que logre esa emoción; pero en este caso lo único que causa es lástima, pues su ego compite todo el tiempo en cada párrafo en el que es descrito. A menos que ese haya sido el objetivo, que cause lástima.

¿Y qué decir de su madre y las interacciones con ella? Honestamente, rozan lo ridículo: una mujer hiperintrusiva, obsesionada con casarlo con cualquier mujer que se le cruce en el camino, al punto de acusarlo de homosexual si no lo hace. Un drama familiar que a veces parece sacado de una telenovela y que rompe por completo la seriedad del misterio. Paranoica sobre la fama de su hijo, llega al grado de pensar que serán atacados por las cosas que él escribe.

El manejo del tabú: Dicker frente a García Márquez y Nabokov

El corazón de la historia de amor principal es, bajo la lupa de la actualidad, casi ridícula. El deseo de un hombre adulto hacia una menor de edad genera una repulsión inmediata. Es verdad que si consideramos los años 70 —la época en la que ocurre el romance—, el tema era un tabú absoluto del que no se hablaba. Quizás esa incomodidad y rechazo es precisamente el sentimiento que el autor quería sembrar en el lector; no lo sé realmente.

Sin embargo, la ejecución se siente torpe y melodramática, sobre todo si la comparamos con otras obras que han tocado fibras similares. Pienso, por ejemplo, en Memoria de mis putas tristes (2004) de Gabriel García Márquez. Lo leí casi dos años después de que había salido a la venta, cuando yo tenía una madurez mental menos desarrollada, y aun así me fascinó cómo abordó el tema.

El gran Gabo narra la historia de un periodista de 90 años que busca pasar una noche con una adolescente virgen. A pesar de ser un terreno sumamente escabroso, la maestría del colombiano aborda la situación desde una perspectiva completamente distinta en cuanto al deseo, la psicología del personaje y la protección. Lo de Dicker, desafortunadamente, se queda en la superficie, casi como si romantizáramos ese tipo de relaciones.

De hecho, es imposible leerlo sin que la sombra de Vladímir Nabokov y su Lolita se aparezca en la habitación. Dicker intentó jugar en esa misma liga del tabú, pero con un resultado muy diferente. A diferencia del autor suizo, Nabokov utiliza una prosa poética, hipnótica y perversamente brillante. Él no justifica al protagonista, sino que te muestra de forma cruda, a través del lenguaje, la mente de un manipulador. Te genera un conflicto ético porque la escritura es hermosa, pero el acto es monstruoso.

Por otro lado, Dicker, al recurrir a esa escritura «ñoña» y repetitiva, maquilla el romance entre el escritor y la menor con un tono melodramático de «amor verdadero e incomprendido». En pleno siglo XXI, ese enfoque ya no funciona; se siente torpe, idealizado de forma peligrosa y, por ende, causa un rechazo inmediato en el lector actual. No hay la profundidad psicológica que sí lograba García Márquez, donde la decadencia y el deseo se abordan desde otra madurez literaria.

No es el peor libro que he leído, pero tampoco sé si será el último que lea de este autor. Tiene una estructura pesada y personajes caricaturescos, pero tiene un mérito innegable: a pesar de todo lo que me quejo, me vi obligado a seguir pasando las páginas hasta el final.²

¿Y ustedes? ¿Ya lo leyeron? ¿Creen que la culpa de esa narrativa tan repetitiva sea de la traducción o del autor? Los leo en los comentarios.


¹ Nota al pie 1: Decidí comprar el libro porque, en lo particular, me declaro un fanático de la pintura y me fascinan las escenas que enmarca Edward Hopper. Al ver la portada no pude evitar sentirme hipnotizado; mi primera impresión fue relacionarla de inmediato con Psicosis (1960) de Hitchcock y con la pintura que la inspiró, titulada Casa junto a las vías del tren (House by the Railroad, 1925). Me imaginé que sería una historia silenciosa, introspectiva, cargada de tensión psicológica y de esa melancolía norteamericana tan crudamente retratada por Hopper. Me hubiera encantado que el libro estuviera escrito con esa misma sobriedad: menos diálogos «ñoños» y repetitivos, y más profundidad en los secretos de Aurora. Lamentablemente, la prosa no le hizo justicia a la pintura.

² Nota al pie 2: Si me preguntan cómo me hubiera gustado que fuese escrito, la respuesta es simple: con la mitad de las páginas y el doble de madurez literaria. Una trama más compacta, al estilo de El túnel de Ernesto Sábato; personajes con matices reales (y no caricaturas) y un manejo del misterio que respetara la inteligencia del lector en lugar de repetirle lo mismo cada tres capítulos. El autor debió enfocarse más en el aspecto psicológico que atormenta a Harry Quebert por sentirse atraído hacia una menor de 15 años; jugar más con sus intentos de enamorarse de Jenny (alguien mayor y más acorde a su edad); reflejar realmente sus frustraciones desahogadas en el libro Los orígenes del mal y que el asesino real hubiera sido algo mucho más macabro. Casi al estilo de Psicosis o de la obra de Sábato.


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Una respuesta a «La verdad sobre el caso Harry Quebert: ¿Una obra maestra o el triunfo del cliché?»

  1. Avatar de Doralí
    Doralí

    La reseña me parece buena, me da todos los puntos medulares de la novela. Destacó y agradezco el gran trabajo del reseñador pues con tantas páginas yo ya hubiera abandonado la lectura.

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