A la deriva con los sueños de la juventud

—De pronto el día se tornó extraño, ¿no lo crees? —digo mientras veo a través del parabrisas.

—¿Por qué extraño?, Yo veo un paisaje colorido… hermoso —me increpa. 

Lo único que hice fue asentir con la cabeza, como cediéndole la razón. 

Miré al cielo y vi las nubes que tornasolaba el sol mientras se escabullía lentamente, allende las montañas, incluso allende el mar… a la deriva con los sueños de la juventud. Eso siempre me recuerda el imperio donde nunca se ponía el sol. Pienso que tal vez así son los días para una vida que termina prematuramente: melancólicos, llenos de cosas fantásticas que son bastante normales para aquellos cuyos pasos rápidos los llevan por un itinerario guiado, para quienes seguimos lo que ahora es e inmediatamente después ya no.

Sin poder detener el tiempo empieza a sucumbir la tarde ante mí, ante el horizonte, y todo aquello se torna azul, de un azul oscuro tan delirante que parece el final de los tiempos. Mientras mis pupilas dilatadas se acostumbran lentamente, cae la noche imperfectamente oscura y lejana, tan falta de aire y de vida que da escalofríos. 

A veces me pregunto si existe un solo ser humano a quien no le provoque ni un sentimiento, un atardecer; y digo “un atardecer” porque no hay uno solo idéntico al anterior. Pienso a veces que, mientras crecemos, aprendemos a apreciar esos pequeños detalles que los hacen particulares. Tal vez, cuando somos lo suficientemente maduros para dar suspiros inconscientes por la vitalidad que nos producen, nosotros mismos nos estamos escapando junto a su fugaz belleza… ¡Una nimiedad! 


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Soy Fernando Castillo

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