Carta 3: Nuestro último verano

Hoy no tengo miedo de decir que desperté a tu lado, con la cara al cielo y dando gracias por sentir esta bendecida pasión que desnudas en mí. ¿Podrías perdonarme cada derrota para sabotearte, orquestada desde lo más intrínseco de mis sentimientos, de mi frustración y admiración por ti?

Sé que no tengo límites, no existe la realidad a la que estamos sujetos afuera de estas cuatro paredes y un techo al que a veces llamamos hogar. Agradezco, sí, agradezco que siento, que vivo y pienso en la pasión como antes no sentía. No destruyo cada cuadro en cada habitación; no reinvento el tenerte cerca por un instante en la mañana, ni pierdo la cabeza sólo porque no tengo el valor suficiente para superar al mundo que ha pasado ante nosotros, siempre como una bomba en retrospectiva.

Cada una de las noches arropado por tus brazos, en mis sueños, las he remembrado en páginas que al aire soltaré algún día para que el mundo recuerde por siempre por qué me enamoré de ti. Incluso si me amaste o no, sé que no fue un error que cambiaría al pasar los días.

Recuerdo el momento exacto que te tuve. Escucho tu respiración cerca de mí y sé que de algún modo extraño estás ahí; sin temor a desaparecer en la oscuridad de un juego que todavía duele, fue mi decisión aceptar que algún día te marcharías. Me temo que, aunque lo negara, el mundo entero en esa incertidumbre destruiría nuestros sueños.

Hubo un sueño, si así le puedes llamar, en el que bailábamos juntos mientras al fondo escuchaba una tenue melodía y cuya letra, casi ininteligible rezaba “Didn’t I make you feel like you were the only man? Honey, you know I did!”.

Y de pronto corriste, te marchaste a no sé dónde y se esfumó todo lo que había bajo mis pies. Pensé “Ya he pasado por esto antes”, era yo quién destruía el suelo y escapaba en secreto, siempre fui yo… hasta llegar a ti. Ahora sé que quema, cada parte de mi cuerpo hierve y la sangre corta como esquirlas de vidrio a través de mi piel.

Sé que estás ahí, tu sentimiento aún impregna el alma en la distancia y la tentación es fuerte, magnética, casi humana, pero sé que es una dulce mentira. Sé que algunas cosas parecen mejores desde lejos y cuando te acercas se desdibujan y destruyen. Tal vez sólo sea una prisión, fría y húmeda, para expiar el alma.

Publicado por Fernando Castillo

Licenciado en Lingüística, productor de noticias y corrector de estilo.

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