Adelantar el final

A veces me sucede que a medianoche pienso en cosas que quisiera escribir; abro los ojos y pienso “mañana lo haré. Ese mañana nunca llega y olvido las cosas que deseo. Ahora, a medianoche, las escribiré sin importar lo que sean. Atento aviso: No apto para susceptibles a mi crítica.

El panorama no pinta nada fácil. Realmente siento que esto va cada vez peor. Las respuestas se arremolinan en un pequeño hoyo en el piso llamado “coladera”; se desvanecen junto con las metas.

La vida, mí vida, no siempre fue así. Está de más decir “hubiera deseado saber qué es lo que vendría en el futuro para evitar que sucediera”. Antes todo era más fácil. No fácil, pero sí un poco más ligero.

En los últimos siete años han cambiado muchas cosas que ahora tienen su reacción. Presión, estrés, trabajo, desesperación, pero sobre todo: responsabilidad. Esas son, quizás, las cinco razones que me han hecho ser quien soy, lo que me define.

Por un lado, hay una responsabilidad (e irresponsabilidad a la vez) por mi mismo. Por otro, presiones, trabajo, estrés y desesperación de sobrellevar eso que todos llaman “vida”.

Antes, mucho tiempo atrás, decía “quisiera ser inmortal para vivir muchas vidas”. Ahora me consuelo sólo con tratar de sacar adelante la mía. Estos menos de cien años que dura el paso de un ser humano en la faz de la tierr comienzan a atormentarme.

Tiempo atrás me sobraban horas para leer lo que yo quería leer. Sin embargo, no tenía los libros que quería leer. Ahora, tengo los libros que quiero leer pero no ese valioso tiempo para devorarlos. Paradojas del tiempo, ¿Cierto?

Hace unas semanas leí un artículo en Internet (para variar) sobre lo que significa la oficina para nuestra sociedad actual. Es increíble ver cómo hemos priorizado nuestro tiempo en el trabajo para desplazar nuestras aficiones y el tiempo en familia.

¿Y todo para qué? Para terminar jubilado, sin nada qué hacer y desesperado por abandonar la rutina a la que tanto nos costó acostumbrarnos; para buscar a nuestros excompañeros del trabajo, ver qué ha sido de ellos, hablar sobre sus vidas y recordar los “mejores momentos en la oficina”. ¡Si que somos una especie rara!

Ansiamos dejar de trabajar para vivir, en toda la extensión de la palabra, y hacer todo aquello que antes queríamos hacer. Pero es tan grande la costumbre y la monotonía que algo dentro de nuestro ser quiere regresar.

Seguramente estás pensando “¿A qué viene todo esto!”. Sí, lo sé. Ese es el gran problema: no debería estar pensando en algo que pasará dentro de 40 años y ese es el gran dilema. Me siento como un capitán que ve su barco dirigirse a un iceberg sin poder cambiar el curso: arrastrado por la corriente que no deja que reme contra ella.

Eso pasa cuando te adelantas a leer el final de la historia, regresas a tu posición inicial y, paso a paso, deduces cómo has de llegar al punto final.

Publicada originalmente el 6 de septiembre de 2013

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