Un sábado como cualquier otro. Visitando un pedazo de playa, alejado de toda civilización, lejos del barullo de la ciudad. No había ruido de automóviles, ni de personas entorpecidas por sus problemas.

Me postré en la hamaca, debilitado por el incesante calor del día. Aunque había aire, no era fresco y sólo atizaba el sofocante calor. El ruido del mar era tan penetrante que olvidé que estaba acompañado, que sonaba una cumbia de fondo. 

Sólo recuerdos fragmentos de una conversación ajena que censuraba poco a poco el aire y las olas.

El sueño ganó a mis fuerzas de permanecer alerta ante la invitación a comer o incluirme a la charla. De pronto, entre sueño y ola recordé a Pablo neruda:

NECESITO del mar porque me enseña:
no sé si aprendo música o conciencia:
no sé si es ola sola o ser profundo
o sólo ronca voz o deslumbrante
suposición de peces y navíos.
El hecho es que hasta cuando estoy dormido
de algún modo magnético circulo
en la universidad del oleaje.

Y de pronto desperté en una playa similar pero solo. No había nadie más. Era un poco más tarde, lo supe porque comencé a ver el cielo cambiar de rojo a violeta y un tono más oscuro. Tal vez dormía aún o era el calor que me aletargaba pero al divisar el horizonte para ver el atardecer me percaté de los planetas que aparecían conforme se hacía más tarde.

Era una sucesión de esferas gigantes que se dibujaban conforme desaparecía el sol. Imaginaba o soñaba, mientras tiraba de mi la gravedad en la hamaca. No lo sé, pero fue una experiencia tan siniestra como placentera. Pensé “y si mi en mi mente me falta la gravedad, si doy un salto y miró tras de mí para ver cómo dejo la faz de la tierra, alejándome de todo”. Mis instantes de sueño se convertían en una eternidad en un espacio sideral oscuro.

Mi mente jugaba de nuevo conmigo al ver unas gaviotas volar sobre mí, tan seguras del viento y su destino, sin mirar abajo para asegurarse de que vuelan en el sentido correcto.

Y ahí me tienes, viendo más allá de lo ordinario, los planetas, la soledad, conchas de mar que brillan en la oscuridad y aves que viajan sin siquiera saber si hay gravedad, acepando mi entorno cuando de la nada el aire vuelve a ser vapor que sopla sobre mi rostro y me regresa a una realidad disonante.