Cuando el tiempo me alcance

Llegará ese momento en el que se termine todo. Ese momento en el que regresamos al a tierra lo que a la tierra es; al viento lo que le pertenece, y a la nada, lo que le corresponde. Simple materia orgánica que ha de perder forma y vida con el tiempo. No más miedo, no más amor. Seremos nada en este mundo, polvo que ya y viene con el viento.

Se borrarán los besos, las hermosas miradas y los recuerdos. Moléculas que se albergarán en otros seres vivos; que se pegarán a su piel, que será lavada y al nuevo sitio caer.

Y lo que comenzó como un milagro de vida terminará en completa agonía. No es cierto que quien se va, lo hace en paz. Quien lleva una buena vida no se quiere ir y quien no la supo vivir, tampoco.

Al final queda un cuerpo cansado, destruido y agotado en todos los sentidos. Pero el alma, el ama sigue ahí de “por siempre 18”. Es como quien no puede caminar, su mente lo hace volar. Es igual. Al viejo, cansado y derrotado, su mente lo hace joven de nuevo, lo lleva a viajar, le quita el frío, le permite gritar.

Y serán sólo 25 años pero pienso, ¿Qué haré cuando el tiempo me alcance? ¿Evitaré a toda costa hacer cuentas para irme al final? No lo sé. Son solo 25 años y pienso qué he hecho hasta ahora.

Me olvidarán todos cuando me haya ido, cuando este 10 metros bajo tierra, sin aire. ¿Qué hacer para no ser olvidado?

Plantar un árbol, tener un hijo y escribir un libro.

Llevo sólo dos y a una de estas tres le temo.

Sí, un árbol planté y un libro escribí pero yo habré muerto. No es mi mente ni mi alma lo que vive, sino mi idea y sentimiento. ¿Qué sentido tiene el milagro de la vida si no lo puedo gozar eternamente? Sí, es un ciclo, pero ¿Quién me preguntó si quiero llegar al final?

Sin embargo, aquí estoy muriendo desde que fui concebido. Olvidando poco a poco mi juventud. Sentado en un escritorio, desperdiciando los años útiles para pagar cuidados en mis años inútiles. ¡Vaya concepto de plenitud! Bueno así funciona nuestro caduco sistema social.

Naces, creces, haces rico a alguien y mueres con tres ideas; tres preguntas:

¿Cuándo vendrá por mí?

¿Despertaré mañana?

Y la última y más pesada:

¿Dolerá?

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Mundos lejanos

Aún no has llegado y tengo mucho tiempo esperándote. Sigo atado a este mundo inhóspito. Todo o nada, es un juego que hay que jugar para ganar o perder. El que no arriesga no gana, dicen.  Sólo polvo en mis ojos y el horizonte manchado de malos recuerdos, es lo que quiero dejar atrás. No huyo de los problemas, los olvido para jamás recordar lo que una ve me hizo llorar.

La vida es entendida ahora por mi mente, mi yo y súper yo, como un cristal que a veces se rompe y deja fragmentada la memoria. Jamás se recupera, pero decides en qué fragmento vivir. Hay que dejar de lado los demás fragmentos y olvidar ciertas cosas que una vez causaron emoción y que ahora causan desolación, dolor y rencor. No es negación a la realidad, simplemente se afronta con inteligencia y se bloquean los malos pensamientos.

De pronto me doy cuenta que estoy escribiendo cosas que nacen y corren por mis venas, que alimentan mi ego – o tal vez no- pero que muchas personas las toman como ideas propias, crecen en su mente y plantan un sentimiento; despiertan una emoción o les dan una razón para tomar sus propias decisiones.

Ahora, me disuelvo por dentro. Se derrite como cera mi interior. El amor sólo lastimo esa superficie encerara que ahora se va de mí. Un caparazón que hay que romper. Sí, un caparazón. Porque los caparazones se hacen fuertes, como el acero, y bloquean nuevas emociones que nuestra mente detecta como dañinas a nuestro estado de ánimo. Sólo el amor se siente así, cicuta que te obligan a beber para demostrar fidelidad a un sólo dios… ¡Señor soy tan creyente tuyo que he decidido suicidare para que mi alma se vaya al suicidio! ¡Sálvame, no sé si podré seguir con esto!

Y ese mundo inhóspito se convierte poco a poco en un lugar más alegre, salvaje y colorido conforme se va cerrando mi mente a la realidad inerte. Miro al espejo y todas esas cosas que hacían daño se derrumban. Es triste, lo sé, porque esas cosas se llaman tú… otra vez se llaman tú.

Siento que se desintegra poco a poco el dolor. Tú, yo y el otro que no era yo. Recuérdalo, era un café… nos fue bien esa vez, ¡Oh! Jamás te había visto reír tanto como esa vez. ¿Ya sé te olvidó? Pero bueno, el que no arriesga no gana. Ahora eres ausencia… la sombra que no logro pisar bajo mis pies, camino y siento que no te alejas, que sigues ahí. Es lo justo, solamente eres eso, una sombra más que no logro pisar pero que no me importa porque sí puedo avanzar. Avanzo, paso a paso, lentamente. buscando mundos lejanos, donde encuentre alguien especial para vivir. Alguien, no algo, porque el “alguien” es más importante que el “algo”. Yo buscaba un “alguien”, tú un “algo”, por eso fue tan dura nuestra combinación.

Decido entonces por pedazo de cristal roto, casi diminuto, en un mundo donde no cabes tú ahora, donde sólo entro yo y nadie más que yo. Olvidaré ciertas cosas, esa es la cuestión. No más dolor, no más desolación ni rencor. Me reiré mientras respiro y trago esa emoción que tanto deseo. Aún no has llegado, pero sigo esperándote.

Descomunal

-¿Por qué la mató? -Preguntó enérgicamente por enésima vez el investigador al sujeto andrajoso, atado a la silla bajo la luz de neón amarillenta de la habitación.

El hombre no emitió palabra alguna. Sin embargo, miraba fijamente la lámpara, cabeza arriba y con la boca abierta desde donde le escurría una sustancia viscosa, lejano a lo que es la saliva humana. Tenía una mirada perdida, negra como la noche sin aparente división entre el iris y su pupila. Un pequeño círculo neón se dibujaba en cada perla negra de su rostro. Dicen quex tiempo atrás había tenido unos bellos ojos marrones, pero nada confirmado. No había fotografías que lo acreditaran.

Miraba fijamente hasta el techo mientras la húmeda habitación parecía encogerse lentamente frente a él. El investigador, de apellido Bolívar, Pedro Bolívar para ser exacto. Ese era su nombre en la policía. A él se dirigían todos y le respetaban. Bueno, este tal Pedro Bolívar había perdido la paciencia tres horas atrás con el aún desconocido.

-No hay nombre, apellido, edad mucho menos- decía una voz femenina del otro lado del cristal al comandante Carlos Perales.

-Que siga insistiendo -sentenció el hombre sobresaltado.

De regreso a la habitación, un timbre le avisó a Pedro Bolívar que había que seguir insistiendo ante su desconocido culpable lo sucedido con esa mujer en la calle Constitución.

-¿Por qué la mató? -cuestionó nuevamente Bolívar posado sobre los hombros del sujeto, le enderezó la cabeza de un jalón de greñas y lo miró fijamente a los ojos.

Inmediatamente, Pedro Bolívar sintió una descarga eléctrica que subió desde su mano, con la que sujetaba su cabeza, hasta su corazón. Lo tumbó. Entre sus convulsiones, el policía veía ciertos pasajes de su vida. Se le regresó la cinta, como dicen los que tocan las puertas de San Pedro y viven para contarlo.

La mujer policía, que minutos antes le había tocado la chicharra para que siguiera el interrogatorio, intentó entrar en la habitación pero todo intento fue en vano. El pomo de la puerta se había atascado y no había manera de girarlo. Tocó repetidamente con su palma el cristal de la puerta del interrogatorio, pedía a gritos que le abrieran. Todo intento fue inútil.

La oscuridad reinaba la vista de Pedro Bolívar. No podía ver nada, todo era tinieblas. Un suspiro era el equivalente a una racha de viento. Cualquier pisada de animal era un ensordecedor sonido en sus oídos. Instantáneamente había maximizado su oído. Además, sentía las fibras del suelo en cada microparte de su piel y los olores que percibía distaban mucho de los que minutos antes y que durante toda su vida había olfateado.

¿Qué sucede? ¿Dime qué me has hecho inmundo animal! -gritaba tumbado en el suelo.

El extraño sujeto, inmóvil, no decía nada, no movía la mínima parte de su ser y no parpadeaba. La escena era la siguiente: un hombre atado a una silla, mirando la luz neón en el techo. El investigador cegado por un extraño golpe de energía, en el suelo implorando saber qué había pasado y fuera de la habitación, un puñado de policías intentando abrir la puerta, sin resultado alguno.

-Ayuda -escuchó el investigador.

-¿Qué ha dicho? -preguntó asombrado.

-Ayuda. Por favor.

-¿Qué sucede? ¿Escucho su voz pero no lo veo?

-No necesitas verme, lo único esencial es que me escuches aunque no pueda hablar. Como tú. Tampoco hablas, estás mudo pero hay una conexión especial entre tú y yo.

El investigador permaneció tumbado en silencio. Se llevó una de sus manos a la boca y pudo percatarse entonces de que sus labios estaban sellados mientras, aparentemente, hablaba.

-¿Qué me ha sucedido?

-Lo mismos que a mí. Este es un estado de total desquicio y sólo así como me viste, en el estado en el que me encontraste se puede sopesar el dolor que ahora siento. Que ahora compartes.

-Qué estas tratando de decir…

-Algo se rompió dentro de mí. Lo mismo que se rompió en ti cuando me zarandeaste la cabeza. Te conectaste de cierta forma con mi sentimiento. Y ahora tendrás que sobrellevarlo conmigo.

-No siento nada. Estoy frío y no puedo hablar. Siento una cuerda que me estrangula y mis oídos parecen haber escuchado el estallido de cientos de bombas nucleares. Ese silbido no me deja. Todo lo que toco está exageradamente detallado, huelo lo peor que pude haber olido antes. No sé a que huele realmente.

-Yo sí sé a qué huele. Huele a rancio y putrefacción. ¿Sabes de dónde viene ese olor ahora mismo?

-No.

-Huele tu ropa, tus manos.

Pedro se llevo las manos a su nariz y antes de poder rozar su propia piel las alejó lo más que pudo.

-¡Qué es ese maldito olor de mierda y por qué lo tengo en todo el cuerpo!

-Decepción. Ese olor es la decepción de tu alma. La traición en tus venas que circula y bombea tu corazón errante ahora mismo.

-¿Qué?

-Piénsalo, ¿Eres casado?

-Divorciado. ¿Por qué?

-Supongo que no terminaron bien las cosas ¿o me equivoco?

Bolívar calló unos minutos. Rebobinó su mente y recordó el momento exacto en el que entró a su alcoba. El rechinar de su vieja cama de metal acompañó el recuerdo al instante. Su mujer, una joven de 29 años, trigueña y cabello rizado, movía lentamente sus caderas entre las sábanas blancas de satén. De la nada, unas manos albinas rodeaban su cintura y posaron sus dedos medios en los hoyos de Venus, fuertemente marcados en su delicado cuerpo.

Rabia, desesperación, cólera y los peores sentimientos jamás descritos se apoderaron del alma de Pedro Bolívar en ese instante.

-Imposible, ella huyó con un hombre y el divorcio se dio por abandono de hogar.

-Mientes y ambos sabemos lo que en realidad pasó.

En esa temporada hacía un frío del noveno infierno. Bolívar tomó el atizador de la chimenea y se dirigió lentamente hasta la cama. Escuchaba los gemidos de su esposa, casi aullidos placenteros cual placer carnal del Marqués de Sade. Le valió madre pensar en el río de sangre hirviendo que le esperaría tras asesinarla. Sin pensarlo dos veces clavó el atizador justo en la columna dorsal de su esposa. La mujer lanzó un alarido tan profundo, ensordecedor y aterrador que jamás sabrá si fue del placer orgásmico o del irracional dolor que su umbral no estaba dispuesto a soportar. Acto seguido la haló y arrastró por la duela dejando una pequeña línea de sangre, proporcional al orifico del atizador en la espalda de la mujer. Sin esfuerzo, Pedro levantó al cadavérico cuerpo de su esposa y lo colgó de la barandilla de madera, en el pasillo del segundo piso.

Inmediatamente, el joven que yacía en su cama se incorporó y replegó lo más que pudo a la cabecera metálica. Bolívar negaba con la cabeza, fúrico y con la sangre que calcinaba su corazón.

-¡No, no no! Puedo explicarlo…

Sin darle más tiempo, con el pene aún erecto y el aroma de su mujer en las manos, el cuello y su abdomen, intentó correr para salir por la puerta de la habitación. El pobre sujeto resbaló con la delgada línea de sangre. Su cráneo rebotó con estrépito contra la duela. Tumbado y con la mirada borrosa llevó sus manos a la cara. Se embarró de sangre y entre sombras vio como Pedro Bolívar levanta con ambas manos la pala de la chimenea. Fue lo último que vio antes que le cercenara la cabeza.

Un ruido metálico hizo que se esfumara ese recuerdo y que Pedro Bolívar regresara a la realidad, a la oscura y húmeda habitación, inmersa en el putrefacto olor de su alma.

-Ahora le pregunto, Pedro Bolívar, ¿Por qué la mató? -dijo el desconocido, de pie y frente a el tumbado investigador.

-Por zorra… Por zorra y mentirosa la muy traicionera.

-¿Y a él?

-Por precoz.

 -Lo que sientes ahora es nada más y nada menos que culpa, ira, dolor y despecho. Pero no te preocupes. Muy pronto serán sentimientos a los que estarás totalmente acostumbrado en tu nuevo hogar.

El sonido de la puerta abriéndose abruptamente llenó la habitación de luz y dejó ver las paredes blancas y acolchonadas. Dos sujetos, de blanco también, entraron a la habitación con un coctel de sedantes para el investigador Pedro Bolívar.

-Saliva y mirada perdida… es hora de sus sedantes para que se mantenga controlado- le dijo uno al otro.

Bolívar, con la mirada perdida, veía fijamente a los sujetos mientras repetía continuamente -Quema, quema las venas, quema el corazón y mi mente, va a estallar ¡Sáquenme de aquí!

Mientras uno le abría la boca, el otro le depositaba las pastillas y lo hacía beber agua de una forma inhumana. Después de unos minutos, Bolívar volvía a su estado normal inducido, casi vegetal.

-¿Siempre huele a sí?

-¿Así cómo?

-A putrefacción -dijo uno de los hombres.

-No. huele así desde que llegó, pese a que lo asean todos los días en una tina con agua caliente. Ese olor está impregnado en su cuerpo.

Sobre ruedas

Estos días han sido muy buenos para mí. Aprendí muchas cosas y conocí nuevas personas, nuevas formas de trabajar. Pero hay otra parte del camino. Los taxistas. Me acordé de mi bebé Edna Clavados​ que dice que los taxistas se confiesan con ella y lo hicieron también conmigo.

El primero, su esposa lo engañó y está en proceso de divorcio. Me juró y perjuró que el se va quedar con sus hijas y que pues ya no quiere saber nada de su mujer. Y que se cuide el otro hombre porque lo puede desaparecer.

El segundo, me dijo “joven lo llevo a donde mismo”. Me conocía ya de varios viajes y quería llevarme a mi trabajo. Y le dije “esta vez no”. Me confesó que también el estaba en nuevo empleo, y que su nuevo patrón le dio taxi cero kilómetros. “No se me agüite joven, verá que tendrá una mejor chamba y ahí les va doler a los cabrones”.

El tercero, se divorció también y tiene a un nieto que lo quiere mucho. Que no va volver con su esposa pero que si va seguir viendo al niño que es hijo de una hijastra suya. Este último me alegró el día porque le encanta la música de banda y venía bien emocionado cantando a todo pulmón. Por cierto, tiene buena voz. Toca que comienza la canción de Sergio Vega, “Quién es usted”. Yo le dije que no entendía del todo la letra y que pues se me hacía algo extraña. Pues luego luego la puso de nuevo y me la explicó verso a verso. Fue entonces cuando me soltó todos los problemas maritales que tenía.

-Mi vida amorosa joven en dos canciones: millonario de amor y Quién es usted. Di todo por nada y ahora curando mi corazón estoy.

Así las tres experiencias que he tenido con taxistas. A veces se gana y a veces se pierde, me dan como moraleja. Pero siempre hay una puerta y una luz al final del camino.

No importa como te paguen todo lo que hiciste por esas personas en las que confiaste, importa en lo que te queda de experiencia. Al final de cuentas la traición no es tuya, por haber confiado, sino de quien se aprovechó de tu ingenuidad. Las piedras en cada escalón de la escalera no están para dificultarnos la vida, están para que veamos que las caídas continuas son mejor; sin nos caemos al final de la escalera el golpe puede ser más grande y puede matarnos.

Destruyéndome a mí mismo

En medio de la noche despierto con una idea en la cabeza: “Dónde se desvanecen las palabras…”. Todo luce tranquilo, abrí los ojos y miré el reflejo de la luz que entra por la ventana, como siluetas que se desdibujan al aire, entre la soledad de mi habitación. Nuestra habitación de pánico. ¿Nuestra? ¿Quién más está conmigo esta noche? Parpadeo lentamente y vienen a mi mente flashes de esa noche. Tu sangre rodeando mi cabeza, la primera vez que te tenía entre mis manos y derramaba mi ira sobre ti, sobre una leal oveja que cerró los ojos para ser devorada por el instinto animal. Taquicardia dopo il sesso, phantosmia de tus glúteos rodeados por mis manos, suaves y con olores vírgenes a la humanidad. No para mí -no soy del todo humano-, porque de la nada esas suaves caricias se vuelven desgarradoras.

Un grito a la medianoche, cual ángel caído al infierno y quemado por el odio luciferino. No merecías tanto dolor en tu primera noche en la cama de un desconocido. No te merecías morir en las manos de un Judas moderno, cuya alma cambió por su inmortalidad carnal. Tu y yo, esta es la historia de nuestra vida, destruidos por un arma tan voraz como nuestros pecados sobre la mesa de nuestro justiciero Dios. Iracundo.

“Me haces daño, me destruyes…”, imploraste sin parar mientras destrozaba tu alma y tu cuerpo. No escuché. ¿Fuiste sólo una presa más que cayó en la trampa o el comienzo de mi nueva conciencia? Me dolió ver partir tu alma, a donde van todas las almas después de implorar justicia. Me dolió oler tu pecho blanco, pulcro, casi esculpido por él. Todo lo que se crea debe ser destruido algún día. Ahora te veo, inmóvil, sobre mi cama. En total calma, sin pulsaciones, paroxismos del sexo del que fuiste víctima. Veo en tu rostro una expresión de tranquilidad y satisfacción que redobla mi rabia erótica, pero no estás más. No estás más. Quema dentro, niego con la cabeza.

-Será mejor que le reces a tu Dios- susurré a tu oído izquierdo mientras te sujetaba el cabello.

-No creo en Dios, sólo quiero jugar un poco entre ambos- dijiste con saliva entre tus labios.

Mi corazón me juega una treta para ganarle a mi razón. “Ha muerto, ha muerto, ha muerto”, sentencia tres veces. Tocan a la puerta. Recuerdo haberte tomado por el cuello para meter mi dedo en tu boca, silenciar tu alma.

-¿Esta todo bien ahí adentro? Los vecinos reportaron un grito de dolor y varios golpes contra los muros.

Vibra mi cuerpo, vibra la habitación. Está oscuro. La voz dejó de tocar la puerta antes de que pudiera yo decir algo.

-Todo está bien, sólo el televisor muy alto. Una película de terror que altera los nervios supongo.

Un murmuro se esparce como pólvora en el pasillo, lo imagino. Casi veo venir el “¿Podemos pasar a ver que todo esté bien?”. No pasa nada.

-¿Te gusta?

-¿Qué?

-Lo qué hago. Todo esto, ¿Te satisface?

-No, me hace olvidar.

Se va de nuevo mi mente, viaja y desaparece. Cae como los libros de una estantería barata en el centro. Leo “Siete pecados, siete deseos y siete crímenes”. No soy el único…

Mi perspectiva

A veces las impresiones de mí me dejan pensando tanto que me desconozco. Desaparezco frente a la imagen cuadrada de un ser que nunca quise ser. Innecesario es pasar las manos por las sienes, bajarlas por los oídos y tallarse la barba hasta dejar los diez dedos sobre el cuello, como pacificando la voz.

“No soy yo, no soy yo, no soy” te repite tres veces al unísono tu corazón, tu mente y tu conciencia. ¿Quién soy? ¿Quién eres? ¿Hacia dónde voy? ¿Hacia dónde vas? Izquierda o derecha, arriba o abajo. No importa tu elección, la satisfacción llega tiempo después. No es instantánea, pero sí fugaz. Cuando todo cambia de pronto, como el viento sobre tu cabello, que desenreda los nudos de tus rizos, tiendes a ser una persona frívola. Te importa poco el tiempo que tarde el mundo a dar la vuelta hasta dónde estás, lo único que necesitas es sentirte el centro del universo. La persona, es una expresión inútil para todo lo útil que quieres ser; prefiero ser “la personalidad” que gobierna mi yo, mi cuerpo, mi mente, mi estereotipado concepto de “Fernando Castillo”.

  • ¿Complicado? No.
  • ¿Fácil? No.
  • ¿Accesible? Sí.
  • ¿Inalcanzable? No.

Y de pronto me pregunto por qué antes no me había mencionado a mí mismo en mi cartapacio. La respuesta: miedo. Miedo a saber de mí en palabras que navegarán por ahí, interpretadas por alguien más que busca solo encontrar una fractura en la fracción de mente que vierto en lo que escribo.

Que busca llegar a la cima de la montaña que corro todas las noches para llegar a mi REM y quedar completamente en los brazos de mi yo onírico. Ahí donde no necesito las palabras, donde se van, vuelan y desaparecen en la lejanía del azul celeste que se torna negro cuanto más levanto la mirada para ver la luna, tus ojos y esas estrellas que marcan cada punto detrás de tus oídos.

Así de rápido como mirar hacia atrás, donde veo con mis ojos mi interior vacío que no expresa nada, que solo grita hacia afuera y calla dentro a cada paso; así de rápido desaparezco yo ante tus ojos que destruyen.

¿Cómo conectar verdaderamente mis ideas con mi boca y sus oídos? ¿Realmente me entienden o solamente asienten con sus ojos fijos ante mi entrecejo? El interés que puede generar mi discurso elaborado, casi como lo barroco o churrigueresco de esas iglesia italianas que vi en los libros de mi infancia con mi abuelo, esclavo de sus limitaciones y a las que no quería que me encadenara yo.

Conectar de nuevo un recuerdo atado a otro de mi niñez. No tiene sentido, voy de mal en peor. Termino haciendo una introspectiva visión de lo que tengo para no ser destruido. Me cuesta tanto silenciar las letras que vibran frente a mis manos, a mis dedos tocando cada página, cual niño mira a sus mayores luego de lograr leer una línea de palabras bisilábicas en un libro del jardín de niños.

¿Por qué te da miedo si tanto gozas ser visto, ser leído y escuchado por los demás? Preguntarás ahora mientras lees mis palabras una a una, como cuentagotas. Porque siento que destruye un poco de lo que he escondido, los sentimientos con los que es más fácil detenerte ante el abismo que divide tus sueños y el vacío donde yacen los demás, quienes no lograron atravesar sus peligros. Ahí donde se rompe el límite de lo mundano y lo sagrado, lo público y lo privado. Donde se desvanecen las palabras…

(Texto inconcluso)


Fotografía tomada de La Vanguardia


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Pies en la tierra

De pronto, algo en tu interior te dijo “deja de buscar lo que siempre ha estado ahí frente a tus ojos”. Deja de pensar que alguien más lejos que el sol, siente lo mismo que tú. No existe nadie más que tú y tu ser para estar contento y ser feliz. El amor que antes buscabas siempre estuvo ahí, escondido en un pequeño hueco llamado corazón.

A veces la inmensidad de nuestros sentimientos nos hace sentir vacíos. Duele, lo acepto, pero no hay nada que la oscuridad, al cerrar los ojos, no pueda tranquilizar. De nuevo sientes que transita por tus venas esa hemoglobina que da a cada célula de tu cuerpo vida. Pulso a pulso lleva ser a tu ser, esencia a tu esencia y vida a la vida que crece dentro de ti.

Son sentimientos inexplicables, intangibles y desordenados; de la nada tienes ganas de correr y luego de parar lentamente para ver el sol ocultarse al final del camino, en la orilla de la playa. Volteas detrás de ti, como si recordaras que has olvidado algo. Llevas todos tus músculos al extremo para regresar al inicio de la adrenalina y te dan ganas de gritar sin sentido en la inmensidad de la calle. No lo reprimas, sé libre y aprieta tu corazón sobre tu pecho, golpea tus muslos para que respondan tus preguntas y ganas de correr lejos de la herida.

Ves a tus costados como los ancianos toman su café por las mañanas, como los enamorados discuten sobre la mesa con la cuenta en la mano, decepcionados de lo que han degustado. Los besos lo cambian todo y vuelven a sonreír; sobre su hombro un hombre irrita tu mirada desafiante.

Aprendes de un hombre en llamas que cruza la calle, caído del cielo y miras lento. Detén tu corazón agitado y grita hacia adentro que has ganado.

Lentamente, tu mundo se vuelve oscuro frente a tus ojos y cierras la mirada, como guardando un poco de luz ahí dentro. Esa oscuridad se reduce a 11.75 mm en la mirada de tu interlocutor, puede ser hombre o mujer, según tus preferencias, pero siempre habrá alguien frente a ti, que choca su mirada contra tu frente para evitar verse nervioso; que aprieta sus labios sobre la taza de café mientras deja escapar un poco de aire para liberar tensión sobre tus pies.

Es amor, es amor y está ahí frente a tus ojos. Sentado cuerpo a cuerpo mientras una leve melodía cercena tus oídos pulcros, limpios de Pink Floyd y su carne. Recoges todo y metes el violín en bolsa, ¡Espera! grita una voz en su interior que escapa por sus ojos, “no has perdido”. Arqueas una ceja y regresas a tu silla -sí, ya estabas de pie y no te habías dado cuenta-.

Motocicletas, horrocruxes, valentía, corazón, coraje… palabras vienen a tu mente mientras tu futuro revolotea en el aire. ¡Basta, basta, basta! piensas mientras Jude lo deja inconsciente en la tina del baño, con una nota en la mano: Nueve, uno, uno. Llama si quieres vivir.

¿Qué estoy escribiendo? ¿Qué estoy diciendo? El sentido vuelve a tu cráneo cuando te das cuenta que estás a punto de ser papá y no sabes cómo será la vida después de él; un pequeño esperma que escapó para crear vida dentro de otra vida. Si lo vemos biológicamente, la creación de un nuevo ser es tan asquerosa como la muerte. Sucia, increíble y compenetrada.

Shhhhh, escuchas a lo lejos mientras parpadeas tres veces al tiempo para darte cuenta que has pagado $170 pesos por dos cafés en el centro para saber que ella tiene un retraso y ahora verás por tres en tus quincenas.


Fotografía: Gonzalo Lebrija The Distance Between You and Me (7), lambda print, 2/3 – 58 x 69,5 cm, 2008


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