La vida, en su esencia, es un constante ejercicio de selección. En nuestro camino hacia el crecimiento personal y profesional, una verdad resuena con una claridad ineludible: Hay personas que simplemente no necesitas en tu vida. Esta no es una declaración de arrogancia, sino un acto de profunda integridad y un requisito indispensable para la autenticidad que buscamos cultivar.
El lenguaje es una herramienta poderosa, y el modo en que lo aplicamos a nuestras interacciones —tanto en el mundo físico como en el digital— define nuestra realidad. Hoy más que nunca, somos testigos de cómo las redes sociales han transformado la percepción de las conexiones. Vemos a individuos que llegan a nuestras vidas con el propósito de entablar una conversación y que, sin previo aviso, simplemente desaparecen cuando no obtienen lo que buscan. La realidad es que solo buscan inflar sus perfiles, construir una fachada de popularidad y, con una astucia digna de estudio, se transforman en «influencers».
Sin embargo, es crucial discernir: ¿Cuántos de ellos buscan una conexión genuina, una verdadera amistad, y cuántos simplemente buscan audiencias, validación o beneficios personales disfrazados de interacción? Es aquí donde el conocimiento y la ética profesional nos guían para no confundir la cantidad de seguidores con la calidad de las relaciones.
Este ejercicio de «criba social» no es tan diferente de los principios que rigen la propia naturaleza. Si bien no hablamos de una lucha por la supervivencia física, podemos trazar un paralelo con la selección natural de Darwin. En el ecosistema de nuestras relaciones humanas, solo las conexiones que son verdaderamente adaptativas –que nos nutren, nos inspiran, nos desafían positivamente y se alinean con nuestros valores de honestidad, transparencia y legalidad– son las que realmente merecen prosperar. Aquellas relaciones que drenan nuestra energía, desvían nuestro enfoque o comprometen nuestra integridad, son como especies menos aptas que, de forma natural, deben ser liberadas de nuestro entorno para permitir que lo valioso crezca.
Priorizar nuestro bienestar y paz interior no es egoísmo; es gestión inteligente. Así como protegemos nuestros datos con ciberseguridad, y la protección de datos es esencial en la era digital, debemos custodiar nuestro espacio emocional y mental. Este discernimiento nos permite reconocer y liberar aquellas conexiones –reales o virtuales– que ya no suman, no nos elevan o, peor aún, nos restan.
Al final, la fortaleza de un individuo no se mide por la cantidad de conocidos o seguidores, sino por la calidad y el carácter de su círculo íntimo. Al despejar el camino de influencias que no son auténticas, no solo nos hacemos un favor a nosotros mismos, sino que generamos el espacio necesario para que lleguen y florezcan aquellas relaciones que sí nos impulsan a ser la mejor versión de nosotros.
Recordemos siempre: «El conocimiento y el lenguaje son las herramientas más grandes de la humanidad.» Apliquemos ese conocimiento para forjar un entorno social —en línea y fuera de ella— que sea tan ético, honesto y transparente como deseamos ser nosotros.
**Licenciado en Lingüística por la Facultad de Letras y Comunicación, de la Universidad de Colima. Escríbeme a lcastilloochoa@gmail.com







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