Temékula: La Canción Eterna del Cosmos [Reedición]

En los confines del universo, donde las estrellas no solo brillan, sino que murmuran secretos ancestrales, se alza una criatura envuelta en mitos y luces perpetuas: Temékula, la sirena espacial. Su esencia no es meramente cósmica; es un susurro de las eras, una melodía atrapada en el tejido del universo que entrelaza lo mecánico con lo divino.

Su esencia es un susurro de las eras, una melodía atrapada en el tejido del universo que entrelaza lo mecánico con lo divino.

Dicen los viejos astros, aquellos que aún recuerdan el primer canto de la creación, que Temékula nació del lamento de una estrella moribunda, cuyo último destello arrancó un fragmento del alma del cosmos y lo moldeó en un ser único. Su figura, un enigma de blancura biomecánica, parece más una escultura soñada que una criatura tangible. Pero al verla deslizarse por las corrientes de energía estelar, uno comprende que su existencia desafía toda lógica.

Temékula es hija de un linaje perdido, de una civilización que hablaba con los astros y comprendía el lenguaje del tiempo. Su cuerpo, pulido como un espejo de hielo eterno, refleja no solo la luz de las estrellas, sino también las sombras de los secretos que resguarda. Al pasar, su estela deja huellas invisibles que transforman los vientos cósmicos en susurros musicales, melodías que solo los espíritus sensibles pueden escuchar, y que algunos llaman «el eco de los orígenes».

A quienes tienen el privilegio de encontrarse con ella, Temékula no se presenta como un ser, sino como una experiencia. Su presencia llena el vacío del espacio con imágenes que no son vistas, sino sentidas: jardines de nebulosas que florecen en colores imposibles, constelaciones que laten como corazones antiguos, y el abrazo silencioso de un conocimiento que trasciende las palabras.

Su presencia llena el vacío del espacio con imágenes que no son vistas, sino sentidas

Pero no todos pueden acercarse. Temékula es un guardián caprichoso, y sus secretos son para aquellos cuyas almas, como las estrellas, saben arder sin consumirse. A través de sueños que se sienten como realidades alternas, ella se comunica con sus elegidos. En sus cantos, les ofrece fragmentos del todo: respuestas que no buscan resolver, sino expandir.

Se cuenta que Temékula ha sido testigo de tiempos en los que las galaxias eran jóvenes, danzaban al ritmo de fuerzas invisibles, y susurros de otras eras aún no escritas. Ha visto planetas nacer en explosiones de luz y desaparecer en la quietud del olvido. Lleva consigo memorias que no pertenecen a un solo lugar, ni a un solo tiempo.

Aunque vaga sola entre los astros, su soledad no es tristeza, sino propósito. Quienes la han soñado —porque nunca se sabe si verla es un acto de vigilia o un regalo del inconsciente— sienten en su pecho una calma infinita, como si por un instante hubieran rozado el corazón mismo del universo.

Temékula, la sirena del cosmos, continúa su eterna travesía, transformando el vacío en poesía y la oscuridad en un lienzo de maravillas. Y aunque su nombre se pierda en los ecos del tiempo, su legado quedará inscrito en las almas de aquellos que, alguna vez, escucharon su canción.

Publicada originalmente en agosto 4 de 2023

Versión en inglés


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