En la vastedad de una noche fría, en una carretera desierta donde solo una casa se irgue, frente al misterioso mar, nos encontramos inmersos en un silencio profundo y un solitario encuentro con nuestro ser. Aquí, en la oscuridad envolvente, nuestra mente busca el camino a las respuestas de nuestra existencia.
Somos aquello que pensamos y las acciones que realizamos, y en ese rincón aislado del mundo, nuestro pensamiento es nuestro único compañero de viaje. Como las estrellas que se extinguen a millones de años luz, esas que pueblan el oscuro firmamento, nuestro pensamiento brilla con sus propias luces, pero también proyecta la sombra de nuestra alma.
Cada pensamiento es una estrella que se extingue, y nuestras decisiones son los agonizantes destellos que dan forma a la efímera existencia. La soledad y el silencio dan forma y significado a nuestras acciones y las consecuencias que acarrean.
En el desierto oscuro de nuestra mente, hay veces en que nuestros pensamientos pueden parecer perdidos y confusos, como una brújula enloquecida por la vastedad del horizonte. Es en esta introspección profunda donde debemos enfrentar la verdad de nuestros actos. ¿Hemos sembrado semillas de bondad y amor en el desierto de nuestras acciones? ¿O hemos dejado rastros de oscuridad y arrepentimiento en la arena de nuestros caminos?
En este encuentro con nosotros mismos, recordemos que el mar, inmenso y eterno, es también símbolo de nuestras emociones. Las olas que rompen en la costa son reflejos de nuestros sentimientos, y el océano interior puede ser tan sereno como embravecido. La elección de nuestros pensamientos y acciones nos otorga el poder de moldear nuestra propia morada interna.








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