Sigue soñando…

Daniel se encontraba leyendo el mismo capítulo de ese libro viejo, el de pasta azul descolorida y con letras doradas -ese que siempre tenía sobre su buró-, cuando todo quedó en penumbras. Jamás encendía por completo las luces de la habitación; sólo se iluminaba con una pequeña lámpara de mesa, cuyo viejo foco lanzaba una luz amarillenta, digna de una bombilla de principios de siglo. Hasta su despertador azul se había quedado sin cuerda. La última hora marcada era 12:20.

¿Qué día habían comenzado los sucesos extraños? Nadie nunca lo supo hasta que llegó ese hedor nauseabundo que se filtraba hacia la habitación. La puerta había permanecido cerrada la mayor parte del tiempo mientras estuvo postrado en su cama.

Esa noche, Daniel pudo escuchar un sonido extraño que venía de la planta baja, se tornada cada vez más impertinente para sus noches infinitas de lecturas. En esos momentos de encierro, Daniel devoraba libros completos velada tras velada, un sin fin de autores desventurados que buscaban hacerse lugar en el mundo de la literatura moderna formaban parte de su pila de libros leídos.

El sonido era constante, como la gota que derrama un grifo en la oscuridad para no dejar dormir a los habitantes de una vieja casa; incesante, como el aire que golpetea las contraventanas de madera mal cerradas. Con todo este tipo de distractores, Daniel no pudo concentrarse más en su lectura nocturna.

Intentó ponerse de pie, evidentemente sin el éxito deseado pues su bastón estaba más lejos de lo habitual; tuvo a bien maniobrarse entre la cama y los muebles para no caer al suelo y lesionarse más la espalda. Entre cada abrir y cerrar de ojos podía ver la yegua en el establo, aquella noche que quedó tirado en el suelo y con pocas expectativas de recuperar su movilidad. Suena paradójico y absurdo que el mismo animal que lo dejó en ese estado haya sido el que poco a poco le devolviera la movilidad. Equinoterapia le llaman.

Cuando por fin llego al quicio de la puerta, al girar el pomo se percató que estaba inusualmente tibio, como si alguien hubiese puesto una compresa caliente sobre él. Aún así lo giró.

Un pasillo frío y solo, fue lo único que encontró del otro lado de la puerta. Al tirar del pomo lo único que invadió su incertidumbre fue ese silencio casi sepulcral que reinaba en el ambiente. Al tiempo que se daba la vuelta para regresar a cama pudo escuchar un tintineo escaleras abajo, en el recibidor de la casa. Le pareció inusual pues a esa hora de la madrugada la servidumbre no se encontraba en la casa.

Pocas veces se dignaba a salir de la habitación, después de su accidente. Incluso cuando tenía que ir a rehabilitación, a su propio establo con su yegua, Helena tenía que llevarlo contra su voluntad y siempre rechinando palabras entre los dientes.

-Me parece increíble que una persona de tu edad, Daniel… 38 años, sea tan testaruda y negativa como para tomar una terapia que incluso se le da a unos cuantos metros de su habitación- decía Helena incesablemente.

No pronunciaba palabra en todo el día. Ni antes, ni durante o después de la Equinoterapia. Comía a la fuerza y siempre se le notaba la mirada perdida antes de irse a la cama, para terminar leyendo un capítulo más de cualquier libro que tuviera sobre su buró.

El crujir de la madera se hacía cada vez más fuerte conforme avanzaba a los primeros escalones de la escalera que llevaba al recibidor. Cuando permanecía inerte para averiguar si alguien lo había pillado a hurtadillas, el estridente sonido de las campanas se escuchaba más cerca.

Era un salón amplio, de madera de roble y cedro. Un galerón adornado con un candelabro colgante, de cristal cortado Baccarat; probablemente traído desde Francia por sus bisabuelos, y un sin fin de piezas de marfil, metal y cerámica de algún periodo de la China imperial. Le parecía demasiado para él solo, sobre todo porque Helena jamás pudo tener hijos.

La luz se asomaba en lo alto de la cúpula y el sonido de las voces parecía provenir del sin fin de estatuas inertes que rodeaban el salón: musas del Olimpo entre los hombres inverosímiles, con fortunas de dudosa procedencia había llenado el salón ante sus ojos. Apenas y había tenido tiempo de vestirse con una casaca que tenía colgada en un gancho tras la puerta de su recámara.

El bullicio de un siglo que no le había tocado vivir de pronto lleno las paredes del recibidor y toda la casa se torno más iluminada. Entrecerró los ojos, la luz le molestaba bastante y la servidumbre tenía prohibido correr las cortinas de las ventanas grandes y encender las luces. Deseaba sólo llevar una vida en penumbras y a la tenue luz de la velas.

El sonido del viejo piano al fondo de la habitación, que se extendía a su izquierda, comenzó a tocar una conocida melodía para él. Un viejo y melancólico conjunto de notas evocó de pronto todo aquello a lo que pocos pueden acceder unas cuantas veces en su vida: la saudade de una vida que ya no existe.

-¡Hazlo que pare Helena! ¡Por el amor de Dios! ¿Helena? ¿Dónde estás?

Ella jamás respondió sus súplicas.

-Calma, mi niño, calma- Escuchó una dulce voz en su cabeza que poco a poco acalló aquello que le atormentaba cruelmente.

-¿Eres tú?

-Ya, tranquilo Daniel, calma. Deja ya de llorar, él regresará pronto y te calmará. Sigue soñando…

Se llevó las manos al rostro y después a la cabeza, revolvió su cabello y el salón completo comenzó a girar. Confundido, se tumbó al piso y pensó que tal vez había perdido la razón. Todo era una vorágine de sentimientos revueltos que simplemente le jugaban una mala pasada esa noche y se fundían en sí mientras observaba el techo.

Poco a poco calmó su respiración y lentamente abrió los ojos. Se encontraba en su habitación, con las luces apagadas y una vela a medio consumir. El libro azul, entre sus manos, abierto en las primeras líneas de Prometeo encadenado, el reloj marcaba las 12:20 y ese tintineo volvió a sonar en el recibidor de la casa. ¿Una cucharilla golpeteando una copa de flauta quizás?, ¿La melancólica melodía en el piano?, ¿el olor a tabaco?, ¿Helena? Todo parecía tan familiar nuevamente.

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