La viejita y la muerte

«(…) hubo una vez una viejita cuyo nombre era pobreza (…) En la puerta de su casa había sembrado una mata de huaya que le daba frutos todo el año. Lo que le molestaba era que, el que veía el fruto le daban ganas de comérselo y sin permiso se subía al árbol y se las comía. Un día se compadeció de un anciano que pedía limosna y se lo llevó a su casa y le dio de comer, agradecido, el anciano le dijo que pidiera lo que quisiera, que él podía complacerla, ella le dijo:
Lo único que quiero es que la le digas a la huaya que no deje bajar al que suba a hasta que yo lo ordene.

Cuando llegó muerte para llevársela, hábilmente, la viejita pobreza lo subió al árbol de huaya y allí lo tuvo durante mucho tiempo, por lo que la gente dejó de morirse, porque la muerte no podía bajarse sin la orden de doña pobreza, cuando la gente, alarmada porque ya no e moría nadie, supo cuál era la razón, fueron todos a la casa de esta señora y cortaron el árbol para que pudiera bajar la muerte a continuar su trabajo, pero ya eran tantos años de que había dejado de trabajar, que se vio abrumado de trabajo, al grado que se le olvidó llevarse a la señora pobreza, por eso hasta ahora la tenemos con nosotros».

Relato de María Luisa Góngora Pacheco, escritora mexicana de la región de Oxkutzcab y Maní. Se publicó primero en la Colección Letras Mayas Contemporáneas en 1993; el texto español lo preparó Joaquín Bestard, novelista yucateco, con la ayuda de la autora y del escritor maya Miguel May May. 


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