En medio de la noche despierto con una idea en la cabeza: “Dónde se desvanecen las palabras…”. Todo luce tranquilo, abrí los ojos y miré el reflejo de la luz que entra por la ventana, como siluetas que se desdibujan al aire, entre la soledad de mi habitación. Nuestra habitación de pánico. ¿Nuestra? ¿Quién más está conmigo esta noche? Parpadeo lentamente y vienen a mi mente flashes de esa noche. Tu sangre rodeando mi cabeza, la primera vez que te tenía entre mis manos y derramaba mi ira sobre ti, sobre una leal oveja que cerró los ojos para ser devorada por el instinto animal. Taquicardia dopo il sesso, phantosmia de tus glúteos rodeados por mis manos, suaves y con olores vírgenes a la humanidad. No para mí -no soy del todo humano-, porque de la nada esas suaves caricias se vuelven desgarradoras.

Un grito a la medianoche, cual ángel caído al infierno y quemado por el odio luciferino. No merecías tanto dolor en tu primera noche en la cama de un desconocido. No te merecías morir en las manos de un Judas moderno, cuya alma cambió por su inmortalidad carnal. Tu y yo, esta es la historia de nuestra vida, destruidos por un arma tan voraz como nuestros pecados sobre la mesa de nuestro justiciero Dios. Iracundo.

“Me haces daño, me destruyes…”, imploraste sin parar mientras destrozaba tu alma y tu cuerpo. No escuché. ¿Fuiste sólo una presa más que cayó en la trampa o el comienzo de mi nueva conciencia? Me dolió ver partir tu alma, a donde van todas las almas después de implorar justicia. Me dolió oler tu pecho blanco, pulcro, casi esculpido por él. Todo lo que se crea debe ser destruido algún día. Ahora te veo, inmóvil, sobre mi cama. En total calma, sin pulsaciones, paroxismos del sexo del que fuiste víctima. Veo en tu rostro una expresión de tranquilidad y satisfacción que redobla mi rabia erótica, pero no estás más. No estás más. Quema dentro, niego con la cabeza.

-Será mejor que le reces a tu Dios- susurré a tu oído izquierdo mientras te sujetaba el cabello.

-No creo en Dios, sólo quiero jugar un poco entre ambos- dijiste con saliva entre tus labios.

Mi corazón me juega una treta para ganarle a mi razón. “Ha muerto, ha muerto, ha muerto”, sentencia tres veces. Tocan a la puerta. Recuerdo haberte tomado por el cuello para meter mi dedo en tu boca, silenciar tu alma.

-¿Esta todo bien ahí adentro? Los vecinos reportaron un grito de dolor y varios golpes contra los muros.

Vibra mi cuerpo, vibra la habitación. Está oscuro. La voz dejó de tocar la puerta antes de que pudiera yo decir algo.

-Todo está bien, sólo el televisor muy alto. Una película de terror que altera los nervios supongo.

Un murmuro se esparce como pólvora en el pasillo, lo imagino. Casi veo venir el “¿Podemos pasar a ver que todo esté bien?”. No pasa nada.

-¿Te gusta?

-¿Qué?

-Lo qué hago. Todo esto, ¿Te satisface?

-No, me hace olvidar.

Se va de nuevo mi mente, viaja y desaparece. Cae como los libros de una estantería barata en el centro. Leo “Siete pecados, siete deseos y siete crímenes”. No soy el único…