Tocar el mundo con las manos: Crónica desde los muros de la Tribune Tower

Desde que llegué, Chicago siempre parece tener prisa. Los camiones rugen, el tren elevado se desliza entre los edificios del Loop como una serpiente metálica, y la gente camina con la determinación de las ciudades que aprendieron a levantarse después de caer. Aquí uno aprende pronto a mirar hacia arriba: a contar pisos, a medir el cielo entre acero y vidrio.

Pero la Tribune Tower te obliga a hacer lo contrario. Te pide bajar la mirada. Te pide usar las manos.

Voy caminando por la Magnificent Mile cuando un edificio me cautiva y me obliga a detenerme frente a él. A primera vista, es un edificio neogótico imponente, como si alguien hubiera traído una catedral europea y la hubiera dejado plantada junto al río Chicago. Sin embargo, lo verdaderamente importante no está en sus agujas elevándose al cielo, sino en sus muros bajos, aquellos que rozan la acera.

Allí, mezcladas entre la piedra caliza, hay pequeñas ventanas al mundo. Algunas diminutas, otras de gran tamaño: fragmentos de historia incrustados discretamente. Un pedazo de la Gran Muralla China, otro del Partenón, un bloque del Taj Mahal, restos del Muro de Berlín, una decoración de dragón del Antiguo Palacio de Verano de Pekín y hasta un trozo de roca traído desde Antártida. No hay luces, ni vallas, ni protocolos. Solo están ahí, expuestos al viento frío, al tacto de cualquiera que pase y se atreva a quitarse los guantes para sentir su textura.

La gente camina de largo. Yo no. Me quedo. Leo. Toco. De pronto, el planeta cabe en la palma de mi mano.

Hay algo extraño en tocar una piedra de Giza rodeado de tiendas, tráfico y pantallas LED. Es un desajuste temporal: el desierto y el río Chicago cruzándose por segundos, como si la historia hubiera decidido fisurar la realidad. Las ciudades hacen eso: doblan el tiempo sin pedir permiso.

Y entonces aparece el fragmento que cambia todo. No es antiguo. No es pulido. No viene envuelto en mito. Es acero torcido.

En el muro se lee:
World Trade Center — 2001 — New York

El ruido de la avenida se vuelve distante, como si alguien bajara el volumen de la ciudad. No hace falta el frío para sentir escalofríos. No pienso en titulares ni fechas. Pienso en personas. En llamadas que no llegaron. En desayunos que no se terminaron. No necesito tocarlo: basta mirarlo para saber que esa herida todavía respira.

Las otras piedras te invitan a imaginar. Esta te obliga a recordar. Y poco a poco desaparece el turista y aparece el ser humano.

Sigo rodeando la torre y pienso que no es solo un edificio, sino un inventario: un álbum de pedazos del mundo cosidos a una piel urbana. Una colección de ruinas que viajan, de cicatrices compartidas, de arquitecturas arrancadas y traídas hasta aquí como si la historia misma hubiera intentado mudarse.

Chicago, al final, es eso: una ciudad hecha de fragmentos, de incendios y reconstrucciones, de gente que llegó de todas partes y la volvió suya. Yo también —pienso— llevo piezas de otros lugares en mis propios muros.

Cuando me alejo, la Tribune Tower queda atrás, pero la sensación no. Camino otra vez entre ruido, cafés, turistas y el tren elevado. Y mientras la ciudad continúa con prisa, comprendo algo: no siempre hay que mirar hacia arriba para sentir grandeza.

A veces basta detenerse y poner la mano sobre una piedra para entender que el mundo empieza a nivel del suelo.


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