Eran hijas del viento y de la tierra,
vendedoras de flores silvestres,
con cestas tejidas por manos cansadas
y ojos que aún sabían soñar.
Cada amanecer cruzaban el río,
entre juncos y rezos discretos,
ofreciendo al mundo la belleza
que la naturaleza dejaba tomar.
Un día, bajo un cielo sin presagio,
llegó un caballero envuelto en niebla,
con una olla de oro que resplandecía
como si el sol se hubiese fundido en metal.
Compró sus flores —todas—
sin palabras amargas,
Pagó con el fulgor de monedas
Que brillaban como estrellas.
Ninguno supo, ni él ni ellas,
que era un llanto de los Sidhe,
Un eco de venganza
De la tierra robada.
Maldita fortuna,
Antiguos dioses,
Tesoro que canta y envenena,
Cualquier mortal
Sin sangre de hada
Que ose tocarlo…
Perderá su alma
Y así fue.
Antes de pisar la orilla,
Se curvaron de dolor,
sus piernas se hicieron escamas,
su voz, lamento de aguas saladas.
Sus cestas cayeron entre lirios,
el oro hundido en la corriente
como raíz que envenena la fuente.
Desde entonces,
Vagan en lo profundo,
Atadas al cauce, al hechizo,
Al destino que nunca eligieron.
Merrows, las llaman,
pero fueron mujeres,
De tierra y de flor,
Ahora presas del agua
Del oro maldito
Y del dolor








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