El algoritmo que decide qué música nos gusta

Si hay algo con lo que tengo una conexión genuina en este mundo, es con la música. Hace unos días, mientras hacía limpieza en casa, me encontré con algunos CDs que hice en el año 2000. Me atrevo a decir que son una verdadera cápsula del tiempo, de lo que solía escuchar y del soundtrack de mi vida en esa época.

Era una torre completa de CD, con diferentes estados de ánimo, casi como mini playlists para diferentes momentos del día. Quizás muchos no entiendan la referencia, pero es similar a cómo se usaban los casetes hace algunas décadas para crear compilaciones musicales para distintas ocasiones. Muchos de esos casetes eran grabados directamente de las canciones que escuchaban en la radio.

Hoy en día, en lugar de CD o casetes, la mayoría de nosotros crea playlists en servicios de streaming. Estas listas nos permiten organizar nuestra música de manera personalizada, adaptándose a cada momento de nuestro día y a nuestros estados de ánimo. Canciones que nos recuerdan a un viaje de verano, ese álbum que nos acompañó en un momento difícil, o simplemente la melodía que nos hace sentir vivos.

Antes, descubrir música era una experiencia que dependía mucho de las recomendaciones de amigos, los programas de radio o nuestras visitas a las tiendas de discos locales.  Cada nuevo hallazgo tenía un toque personal y, a menudo, una historia única detrás.  Hoy en día, los algoritmos de los servicios de streaming han asumido ese papel. Analizan nuestros hábitos de escucha y preferencias para recomendarnos canciones y artistas que probablemente nos gustarán.

Aunque esta tecnología facilita y personaliza la búsqueda de nueva música, también puede hacer que se pierda un poco de esa conexión humana y la emoción del descubrimiento inesperado. En un mundo donde la música es tan personal como una huella digital, ¿alguna vez te has preguntado quién (o qué) decide qué canciones llegan a tus oídos? La respuesta no es un DJ misterioso ni un crítico musical, sino algo mucho más intangible: un algoritmo.

Sí, esos códigos invisibles trabajan detrás de plataformas como Spotify, Apple Music o YouTube y son los responsables de sugerirte esa canción que parece hecha a tu medida. Pero, ¿te has preguntado cómo funcionan? Estos algoritmos utilizan técnicas avanzadas de machine learning y análisis de datos para identificar patrones en tus hábitos de escucha. Aprenden de las canciones que más reproduces, de las que agregas a tus listas y de cómo reaccionas a las recomendaciones anteriores. ¿Realmente conocen nuestros gustos mejor que nosotros mismos, o es que simplemente nos adaptamos a lo que nos ofrecen? Y, lo más importante, ¿qué perdemos y qué ganamos al dejar que una máquina decida por nosotros? 

La paradoja de la personalización

Por un lado, ganamos comodidad y una experiencia personalizada, pero, por otro, podríamos estar perdiendo la magia del descubrimiento espontáneo y la conexión humana en nuestras elecciones musicales. En teoría, estos algoritmos son una maravilla. Nos ahorran tiempo, nos descubren música nueva y nos ayudan a explorar géneros que quizás no habríamos considerado por nuestra cuenta.

Pero aquí está la paradoja: mientras más personalizadas son las recomendaciones, más se reduce nuestra exposición a lo desconocido. ¿Te ha pasado que, después de escuchar una canción, la plataforma te sugiere una y otra vez canciones casi idénticas?

Es como si el algoritmo nos encerrara en una burbuja musical, donde lo nuevo es, en realidad, más de lo mismo. Así, mientras disfrutamos de la comodidad y personalización, podríamos estar perdiendo la esencia de la exploración musical y las sorpresas que nos brindan los descubrimientos casuales.

¿Quién controla a quién?

Hay algo inquietante en la idea de que una máquina pueda predecir (y manipular) nuestros gustos musicales. ¿Realmente nos gusta esa canción, o simplemente nos han condicionado a que nos guste? ¿Estamos perdiendo la capacidad de descubrir música por nuestra cuenta, de manera orgánica?

Y luego está el tema de los artistas. Para muchos músicos emergentes, los algoritmos son una espada de doble filo. Por un lado, les dan visibilidad; por otro, los obligan a «jugar el juego» de las plataformas, optimizando sus canciones para que sean más «amigables» con el algoritmo. ¿Estamos sacrificando la creatividad en aras de la viralidad?

El lado humano de la música

A pesar de su eficiencia, los algoritmos no pueden capturar algo fundamental: la conexión emocional que tenemos con la música. Esa canción que te recuerda a un verano inolvidable, el álbum que te acompañó en un momento difícil, la melodía que te hace sentir vivo. Eso no se puede cuantificar.

Por eso, creo que es importante usar estas herramientas con conciencia. Dejar que los algoritmos nos guíen, pero no que nos controlen. Explorar sus recomendaciones, pero también salir de nuestra zona de confort. Cabe recordar que la música, al final del día, es un arte, no un producto.


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Soy Fernando Castillo

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