Decidí alejarme por salud mental.
Porque los gritos no dejaban de sonar en mi cabeza.
A veces, el ruido no viene de afuera, sino de dentro. Son ecos de palabras dichas con rabia, de silencios que pesan más que cualquier reproche, de heridas invisibles que se abren cada vez que insisto en quedarme donde ya no pertenezco.
Me alejé porque entendí que no se trata de ganar una discusión, sino de recuperar la paz. Que seguir en un lugar donde mi presencia se siente como un estorbo es una forma silenciosa de autodestrucción. Me alejé porque aprendí que el amor no debería doler, que la lealtad no se impone y que la tranquilidad vale más que cualquier compañía que la haga tambalear.
No fue fácil. Alejarse nunca lo es. Requiere romper la inercia, resistir la tentación de volver, enfrentar el miedo a lo desconocido y aprender a llenar los espacios vacíos con algo más que recuerdos. Pero, con el tiempo, entendí que el verdadero hogar no siempre es un lugar o una persona, sino un estado de calma donde la mente puede descansar y el alma puede respirar.
Hoy camino más ligero. Los gritos en mi cabeza se han ido apagando poco a poco, reemplazados por el sonido de mi propia voz. Y por primera vez en mucho tiempo, el silencio no me asusta.








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