“Una misma cosa puede ser al mismo tiempo buena, mala, e indiferente. Por ejemplo, la música es buena para la melancolía, mala para los que están de luto, y ni buena ni mala para el sordo” <>

Presidentes, gobernadores y funcionarios que se encierran en una burbuja de mentiras, de sus gobiernos de ensueño y que además se rodean de personas que les hacen ver un mundo maravilloso. Deberías darte cuenta que el tren en el que te has embarcado no lleva a una estación amable, que no habrá, como en la política vieja y caduca, una banda al final de la estación tocando dianas para festejar tu llegada, tras una visita de Estado.

Se contrapone con la imagen de “Eres grande”, “eres un gran gobernante”, “Vas bien”, “la gente te ama”.

Y no basta sólo con desear un Colima de antaño, donde la gente –según decía mi bisabuelo en sus historias- amarraba los perros con chorizo para que no salieran corriendo por doquier, atrancaban las puertas para tener las grandes casas ventiladas o incluso se sentaban en la banqueta a platicar con los vecinos.

¿De verdad están trabajando por un Colima mejor?

Puede haber tantas columnas que opinen que uno u otro gobernante esté haciendo las cosas correctas, que está desarrollando el país o el estado que gobierna. Sin embargo, los ciudadanos, esos que no tienen pluma o voz en los medios de comunicación, y cuya sonrisa es falseada en las fotografías de cualquier visita “obligada” –sea presidencial o del gobernador- son los que verdaderamente pueden decirnos si se está trabajando por un Colima mejor. No aquellos que militan o reciben un pago por su “trabajo”, que dicen saber cómo masca la iguana en la vida del mexicano que atesora los últimos 200 pesos de su quincena; del mexicano que sufre el desabasto de víveres, cuál venezolano; porque sufrimos igual que los venezolanos, la diferencia es que ellos tienen dinero para comprar productos que no llegan a su país y los mexicanos no tenemos el dinero para comprar los productos indispensables que necesitamos en nuestro hogar.

Licenciado, doctor, premio peña colorada u gobernador reconocido por la Real Academia de la Estupidez Apremiante, son cosas que no valen nada si no se está trabajando por la ciudadanía, si se niega la audiencia pública, porque se pide escuchar a las masas pero sin verlas de frente para no claudicar ante su insipiente vida.

Eso, señor, es ver las cosas desde abajo –y no contrabajo- sino con decencia, sentido común y humanidad. No se opina de la hambruna en África, el despunte del VIH en Argentina, las guerras de Irak, o las niñas esclavizadas por líderes de Isis para violarlas, si no se ha visto la devastación de un país como México, donde vives, que pide a gritos tu ayuda.