Te veo frente a mí, leyendo un libro cuyo nombre y autor desconozco. Te mido y dimensiono, abrazados, a un lado o sobre mí, en un cuarto sobre la cama. Escrutinio constante de tus ojos que no me ven, que solo leen.

Luces amarillas que caen sobre tu mano cada vez que tomas tu café, negro y espeso, espumoso, cada vez que deslizas tu dedo sobre las páginas del libro que antes te vi, al entrar al café donde te conocí.

Ríes poco. Será novela, ensayo o investigación, inspecciono cada aspecto tuyo. Uñas cuidadas, manos delicadas, cabello cano y pies pequeños. Personalizo cada aspecto de tu ser en una idealización, en mi mente te desnudo y recorro con dos dedos.

Miro de reojo tu cara, frunces los labios y asientes con la cabeza. Estoy de acuerdo contigo, en lo que sea que estés afirmando o pensando.

¿Qué hago? ¿Te observo o actúo? Nuestro universo, 5 parejas más en esta sala y sólo tu y yo sin interlocutor. Sin pensarlo, he sincronizado nuestros tragos, aunque yo los finja, no tengo más café en mi taza.

Dos chicas ríen y al fondo escuchamos Mecano, Ay que pesado; cliché y sobredosis de cafeína nos unen en una ciudad que no aprecia la espera sensación que ahora siento por vos.