A veces las impresiones de mí me dejan pensando tanto que me desconozco. Desaparezco frente a la imagen cuadrada de un ser que nunca quise ser. Innecesario es pasar las manos por las sienes, bajarlas por los oídos y tallarse la barba hasta dejar los diez dedos sobre el cuello, como pacificando la voz.

“No soy yo, no soy yo, no soy” te repite tres veces al unísono tu corazón, tu mente y tu conciencia. ¿Quién soy? ¿Quién eres? ¿Hacia dónde voy? ¿Hacia dónde vas? Izquierda o derecha, arriba o abajo. No importa tu elección, la satisfacción llega tiempo después. No es instantánea, pero sí fugaz. Cuando todo cambia de pronto, como el viento sobre tu cabello, que desenreda los nudos de tus rizos, tiendes a ser una persona frívola. Te importa poco el tiempo que tarde el mundo a dar la vuelta hasta dónde estás, lo único que necesitas es sentirte el centro del universo. La persona, es una expresión inútil para todo lo útil que quieres ser; prefiero ser “la personalidad” que gobierna mi yo, mi cuerpo, mi mente, mi estereotipado concepto de “Fernando Castillo”.

  • ¿Complicado? No.
  • ¿Fácil? No.
  • ¿Accesible? Sí.
  • ¿Inalcanzable? No.

Y de pronto me pregunto por qué antes no me había mencionado a mí mismo en mi cartapacio. La respuesta: miedo. Miedo a saber de mí en palabras que navegarán por ahí, interpretadas por alguien más que busca solo encontrar una fractura en la fracción de mente que vierto en lo que escribo.

Que busca llegar a la cima de la montaña que corro todas las noches para llegar a mi REM y quedar completamente en los brazos de mi yo onírico. Ahí donde no necesito las palabras, donde se van, vuelan y desaparecen en la lejanía del azul celeste que se torna negro cuanto más levanto la mirada para ver la luna, tus ojos y esas estrellas que marcan cada punto detrás de tus oídos.

Así de rápido como mirar hacia atrás, donde veo con mis ojos mi interior vacío que no expresa nada, que solo grita hacia afuera y calla dentro a cada paso; así de rápido desaparezco yo ante tus ojos que destruyen.

¿Cómo conectar verdaderamente mis ideas con mi boca y sus oídos? ¿Realmente me entienden o solamente asienten con sus ojos fijos ante mi entrecejo? El interés que puede generar mi discurso elaborado, casi como lo barroco o churrigueresco de esas iglesia italianas que vi en los libros de mi infancia con mi abuelo, esclavo de sus limitaciones y a las que no quería que me encadenara yo.

Conectar de nuevo un recuerdo atado a otro de mi niñez. No tiene sentido, voy de mal en peor. Termino haciendo una introspectiva visión de lo que tengo para no ser destruido. Me cuesta tanto silenciar las letras que vibran frente a mis manos, a mis dedos tocando cada página, cual niño mira a sus mayores luego de lograr leer una línea de palabras bisilábicas en un libro del jardín de niños.

¿Por qué te da miedo si tanto gozas ser visto, ser leído y escuchado por los demás? Preguntarás ahora mientras lees mis palabras una a una, como cuentagotas. Porque siento que destruye un poco de lo que he escondido, los sentimientos con los que es más fácil detenerte ante el abismo que divide tus sueños y el vacío donde yacen los demás, quienes no lograron atravesar sus peligros. Ahí donde se rompe el límite de lo mundano y lo sagrado, lo público y lo privado. Donde se desvanecen las palabras…

(Texto inconcluso)


Fotografía tomada de La Vanguardia


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