Suena una canción vieja en mi computadora. Intento pasar el tiempo y de reojo ve cómo mis audífonos se mueven como serpiente en el sillón. Giro la cabeza y se han quedado quietos, no hacen nada más que estar ahí inertes. Es paranoia, pienso lentamente cuando me doy cuenta que ahora suena una canción en francés.

¿Cuántas horas han pasado desde la última vez que me había sentido así? Libre, con la cara al aire que me llega del ventilador, me toca los pies y me acaricia los vellos. Así debería comenzar todos mis días: desorientado y curioso. Pero no todos los días son sábados y no todos los sábados son 6. 

Es un perdón que no estoy dispuesto a aceptar de nuevo y es una oportunidad que no tengo ya en esta vida. Cambiaré de ritmo, cambiaré de arma. Seré yo bajo la canción de Adulte & Sexy, de Emmanuel Moire. No sale de mi cabeza ese coro “chacun peut changer de peau… chacun fait ce qu’il lui faut”. Pero sans dire un mot. Todo es silencio entre la música y yo, yo sólo escucho lo que dice y no lo entiendo porque está en francés. 

Son mis venas las que me atan a ti ahora, al piso, como la portada de un libro que jamás entenderé porque jamás estaré ahí, en el mar, frente a las costas de Barcelona rezando a Santa María mientras la veo a ella convertirse en sal de mar que desaparece con el viento. ¿Viento? Respiro, estoy vivo… no sé lo que digo. Mis ideas cambian de dirección cada vez que uno de mis latidos toca mi muñeca y hace saltar la hemoglobina que me da fuerza para estar aquí en la cornisa, escuchando al público aplaudir mi último escalón antes de partir lejos de ti.

Y esta es la idea que cruza por mi cabeza mientras pienso la palabra “nunca”.