“Estamos hechos de la misma materia que los sueños y nuestra pequeña vida termina durmiendo”  [William Shakespeare]

Alguna vez morí desangrado. No sé cuantos años hace, pero sé que lo hice. No podía respirar y la sangre salía por mi boca y mi nariz. Mi vista sólo se nubló y fue como estar cansado y dormir un poco, ¡Qué más da!

No había nada ni nade ahí, sólo yo y un muro con pequeños cuadros que se movían. Eran videos, pasajes de mi vida. La oscuridad envolvía la habitación que parecía infinita. Los cuadros se apagaban uno por uno; al principio lentamente y después más rápido. Era mi vida, momentos, días o años… se escapan y me quedaba sin nada. Me quedaba con las manos vacías.

¿Has sentido alguna vez esa sensación de morir? o mejor aún, ¿Has muerto y regresado a la vida?

Me di cuenta que lo que hay después de “morir” es un vacío, oscuridad y soledad. ¿Has sentido eso alguna vez? Entonces no has muerto… estás en esa estancia ya. Después de que todo desaparece, tu voz se va haciendo cada vez más pequeña y la de tus amigos, familia y seres queridos se diluye entre el ensordecedor sonido del aire que se hace más intenso. No sé cómo si me creerás, estimado lector, pero eso fue lo que sentí.

Y ahí me quedé sólo mirando la nada, abriendo más mis ojos hinchados de llorar. ¿Qué más puedo sentir si no es soledad?

De pronto vi una luz que se hacía más intensa sobre mi cabeza. ¿El siguiente paso? No lo creo. El doctor tenía sobre mi cabeza su lámpara y me encandilaba. Había perdido mucha sangre por los vasos sanguíneos que se me habían reventado del impacto de mi cuerpo contra el piso. Mi camisa, manchada; mis piernas, aguadas; mi mente, ausente. Yo… ¿Vivo o muerto? No sé en realidad cómo valgo más.