IrRecientemente leí la importancia de tener un perfil en Twitter y también los riesgos que esto conlleva. Me parece algo interesante que la nueva sociedad conectada le de tanta importancia a los comentarios de las figuras públicas en Internet, en este caso, en Twitter.

Está claro que emitir nuestros comentarios es una de las llamadas libertades; sin embargo, debemos reconocer que parte de la libertad es aceptar las ideas de aquellos que no opinan como nosotros. Si no estamos de acuerdo con esto, estamos perdidos.

En el mundo digital, los ideales de los usuarios no siempre coinciden. Mejor dicho, pocas veces coinciden. Es por eso que la web es un medio tan importante, que hace posible expresar sin problemas ideas radicales. Y esto tiene sus repercusiones.

El acoso, como ha sido definido hasta ahora, es el primer golpe de las personas que no coinciden con quien expresa sus ideales. Es comprensible que un usuario común no coincida con otro. Pero, ¿Qué pasa cuando un puñado de usuarios comunes, no coincide con las ideas, o Tweets, de una figura pública, llámese político, cantante o empresa?

Primero, el ataque comienza directamente desde una sola persona, si esta logra convencer a un puñado más de tuiteros, es casi seguro que la cadena se repita hasta orillar que el agredido abandone su perfil. Error.

Aquí entra la típica disyuntiva de todo aquel que fue acosado en la escuela: Si les hago caso, y respondo a las agresiones, me seguirán molestando porque ven que me molesto; y si no les hago caso me seguirán molestando de todas formas porque no hago nada al respecto.

En este caso, la respuesta correcta ante las agresiones en Twitter es: Hacer caso omiso del agresor, y si es una molestia, bloquear su cuenta para evitar ser mencionado.

Desde el momento que decidimos entrar en las redes sociales, debemos considerar que no seremos populares de buenas a primeras, ni que caeremos bien a todo mundo. Incluso , debemos prepararnos para soportar la presión del resto de la comunidad.

Y aunque esto parece algo tan ordinario, puede generar mayores problemas si la persona es una figura pública, pues carga una fama anterior a la que le puede dar Twitter.

Las combinaciones pueden ser infinitas; una persona común que hostiga a una persona común; una persona común que hostiga a una marca; una marca que hostiga a otra marca; un político que ataca a otro político; una persona común que ataca a un político, y un medio de comunicación que difama a una figura pública.

Sí, así de retorcido está nuestro mundo digital. Pero esto no es culpa de una sola persona, sino de todos en general. Tanto políticos, empresas como dependencias de Gobierno al rededor del mundo, se han distanciado físicamente de la sociedad para atenderla atrincherados desde sus computadoras.

Entonces, no pueden quejarse ahora que la misma sociedad (digital) les reclame y cuestione cada minuto vía Twitter, u otra red.

Estoy de acuerdo con la sociedad, en reclamar a las figuras públicas, empresas y medios de comunicación sus malos actos.

Pero, en lo que sí no estoy de acuerdo es que una empresa intente exhibir a sus semejantes (otras empresas, medios o figuras públicas), tomando ventaja de su posición, de su facilidad de llegar a miles de personas comunes que creen en sus ideas y las hacen suyas.

Eso, visto desde cualquier arista, es un “golpe bajo”. Es evidente que hay intereses particulares de por medio, que no representan ni a la empresa ni a sus empleados; representan, claro está, un interés unilateral, un interés sustentado en una, perdón por la palabra, estúpida necesidad de sentirse el sujeto dominante.

Hacer alarde de sus capacidades siempre ha sido la mayor debilidad del ser humano. Por tanto, esas capacidades terminan por convertirse en su “talón de Aquiles”, la forma más sencilla de hacerlo caer… morder el polvo.

El objetivo principal de esta rabieta infantil, de sentirse dominante, se ve frustrada cuando el sujeto objetivo se ve obligado a inhibir el uso de perfil, incluso, al grado de suprimir su presencia en Twitter.

Si esto sucede, créanme, es una vil canallada. ¿Qué imagen estamos dando a -literal- nuestros “seguidores”, obligando a que otra persona elimine su perfil? El mensaje es muy claro: el vandalismo funciona y es impune.

No obstante, como mencioné anteriormente, la libertad de publicar lo que se nos venga en gana nos obliga a aceptar y respetar las ideas de quienes que no simpatizan como nosotros. Y si no podemos sobre llevar esta situación es claro que estamos perdidos.